“El rayo de luna”, Gustavo Adolfo Béquer. Leyenda, análisis y actividades

                                     Clica sobre la imagen para descargar la leyenda

 

ANÁLISIS LITERARIO  

 ACTIVIDADES INTERACTIVAS

Anuncios

Características del romanticismo español

Toda renovación literaria se manifiesta en el uso de ciertas técnicas constructivas y en el lenguaje. El romanticismo no fue una excepción. Han quedado consiguientemente unos cuantos procedimientos de escritura, comunes a todos los autores de la época, que constituyen un estilo general.

A) Escenarios románticos: Naturaleza y ciudad

Los románticos, en su búsqueda del hombre concreto, del individuo, de sus circunstancias, conceden gran importancia al entorno. Dos escenarios son preferidos: la naturaleza y la ciudad.

La naturaleza se presenta, sobre todo, en sus formas agrestes, salvajes. Ya no es el jardín cuidado y geométrico del clasicismo, sino el bosque umbrío y lleno de peligros, las montañas escarpadas y cubiertas de maleza, el  mar bravío.

Hay una complacencia de mostrar el triunfo de la naturaleza sobre el hombre y sus obras: el cementerio con sus sauces llorones, sus tumbas abandonadas, o las ruinas donde trepa la hierba sobre las piedras son el silencioso testimonio de la inutilidad de los esfuerzos humanos. De las horas y las estaciones hay predilección por la noche, la primavera y el otoño. La noche suele presidir al amor con la luna amiga como confidente en las alegrías y los desengaños. Pero otras veces la noche se puebla de espectros, ladridos de perros en una imaginería típica del terror y lo sobrenatural. (Ver:https://nomesjoana.wordpress.com/2011/06/09/2370/)

 

La primavera es la estación de las ilusiones, el amor primero, de los sueños de gloria. El otoño, en cambio, simboliza el desengaño y la derrota con las hojas caídas como testigo.

El cuanto a las ciudades existe una revalorización de lo sencillo y humilde, por un lado, y del arte medieval, árabe o gótico, por otro. Se escogen ciudades artísticas cargadas de historia y tradición: Toledo, Granada, Sevilla, Madrid.

B) La fantasía

El romántico quiere romper los límites estrechos de la realidad concreta y remontar el vuelo hacia las regiones inmensas de la imaginación.

Son varios los procedimientos con que la fantasía entra técnicamente en la literatura romántica. En primer lugar, el gusto por el misterio y lo sobrenatural. De otro lado, se buscan situaciones ambiguas, zonas confusas, donde se pierden los límites de lo creíble y lo increíble: presentimientos, voces, apariciones de seres del más allá. O directamente, como ocurre en Zorrilla, se admiten los milagros.

En segundo lugar, se recurre al sueño y la visión, anticipando de alguna manera la exploración del subconsciente. Sueños y visiones aparecen en su vertiente positiva o negativa. El sueño o la visión buena presupone la realización de los deseos, el logro de la felicidad, un buen presagio. En oposición, el sueño malo o pesadilla se combina con el infierno y sus símbolos, el horror, la nada, la muerte.

C) Caracterización de los personajes

Los románticos han creado más “tipos” que caracteres. De esta forma el personaje romántico tiende a ser de una sola pieza, sin inflexiones, como determinado por su esencia a una actitud.

El héroe romántico responde un poco a la concepción byroniana: apasionado, orgulloso, enamorado, perseguido por la fatalidad, escéptico, caballeroso y básicamente noble. Se encarna en diversas profesiones sociales: el trovador medieval, galante y soñador; el noble, fiero en la guerra y fino en el amor; el bandolero generoso; el viajero desconocido y lejano que oculta una historia misteriosa; el templario o el fraile.

En el extremo opuesto, el antihéroe es el tirano insensible, frío, calculador, despiadado con los que persigue; los representantes de una autoridad inflexible y ciega, sea el padre que se empeña en marcar el destino de su hija, sea el noble despótico y encerrado en sus privilegios.

D) El lenguaje

El romanticismo cambió radicalmente los procedimientos expresivos. Eliminó, en primer lugar, el sistema de referencias neoclásicas, acabando con la moda de designar fenómenos naturales o humanos mediante denominaciones mitológicas griegas: aire y viento sustituyen a Eolo, amor a Venus, Dios a Júpiter.

Por otro lado, dentro del principio sagrado de libertad, se rechaza la distinción entre palabras nobles y plebeyas, de palabras que se pueden y que no se pueden usar. Toda palabra tiene lugar en el texto si es necesaria.

Pero si algo define el nuevo estilo es el énfasis. Abundan los signos de interrogación y exclamación, los puntos suspensivos, la hinchazón retórica. Nada se puede decir con sencillez, todo ha de ir envuelto en el exceso verbal.

Fuente: (adaptado) Ricardo Navas Ruiz, El romanticismo español, Ed. Cátedra

Temas del romanticismo español

Los románticos españoles prefirieron para expresar su visión del mundo unos cuantos temas que coinciden básicamente en su fondo y su enfoque con los del romanticismo europeo.

A) La historia

La literatura romántica es en gran parte histórica. Y la época preferida fue la Edad Media. Hay una revalorización del romancero, y consecuentemente de la épica. El moro Expósito y los Romances históricos, del duque de Rivas, son buena prueba. Apasionó asimismo el tema de los templarios – El señor de Bembibre, de Gil y Carrasco – y al lado de todo ello, se revivió naturalmente el ambiente caballeresco con sus damas y trovadores, sus justas y sus torneos. Y no faltan los templos góticos, el fanatismo, las pruebas de Dios, la brujería.

Dentro de lo medieval reviste un carácter especial el mundo árabe. El orientalismo de los románticos europeos cobra en España un matiz patriótico, puesto que el oriente no sólo no le era ajeno, sino parte de su historia. No tiene,  pues, un sabor exótico, sino de algo propio.  Se captó el esplendor del califato cordobés, las intrigas decadentes del reino de Valencia – Los amantes de Teruel, de Hartzenbusch,  por ejemplo -, los últimos días trágicos de Granada – Granada, de Zorrilla.

B) Los sentimientos

Como en todas las épocas, estan presentes los grandes sentimientos del hombre ante unos cuantos valores básicos: el amor, la religión, la vida y la muerte.

      B.1) El amor fue uno de los valores clave para los románticos. No un amor sereno, sosegado, sometido al control de lo conveniente y racional, sino un amor desatado, furioso, ciego.

Dos formas suele revestir este sentimiento: la sentimental y la pasional, ambas idealistas. La  primera consiste en una actitud melancólica, de tristeza íntima, de ensueño irrealizable, cuyos ingredientes son el alma tímida del poeta, la mujer amada e imposible, el paisaje compañero. Esta actitud, que culmina en Gustavo Adolfo Becquer, aparece como ingrediente menor también en Espronceda y Zorrilla. Como se ve, es el campo preferido de la poesía.

 El amor pasión fue vivido ejemplarmente por Larra que, en distintos lugares de sus artículos, dejó algunos lúcidos análisis del mismo. Surge de repente y se plantea en términos de todo o nada. Rompe las fronteras de las convenciones sociales: los amantes saltan por encima de los padres, de los códigos morales, aún de Dios. Su fin, como observó un satírico, no es únicamente que acabe pronto,  sino que acabe mal (Don Álvaro, Los amantes de Teruel). Y si no acaba pronto o trágicamente da lugar al desengaño, a la desilusión o a la ironía romántica.

En relación con el amor surgen nuevos papeles para la mujer. Es ususal verla como “un ángel de amor”, inocente, hermosa, fuente de ilusiones para el corazón del hombre a quien lleva a cimas de felicidad y virtud: así canta Espronceda a Teresa inicialmente.  Encarna lo que los psicólogos como Jung han llamado “el anima”, esto es, el ideal femenino por el que sueña el varón. En el punto opuesto, puede ser también un demonio, perversa, criminal, vengativa, que arrastra a la muerte y la destrucción. Inés de Don Juan Tenorio y Zoraida de Los amantes de Teruel simbolizan las dos imágenes contrapuestas.

       B.2) La religión se les presenta a los románticos españoles bajo una doble perspectiva: como sentimiento y como institución.

Con los románticos aparece la rebeldía frente a Dios, ese ser que ha hecho al hombre tan desgraciado. La rebeldía trajo como consecuencia la reivindicación del diablo, de ese Mefistófeles de Fausto que nada sabe de la belleza del mundo, según le hace decir Goethe, sino sólo de los torturadores sufrimientos del hombre. El satanismo en España encontró un lugar importante en El diablo mundo de Espronceda; pero se le puede rastrear también en otros sitios: en Don Álvaro, el protagonista se suicida identificándose previamente con el demonio y en Don Juan Tenorio se reitera la idea de que éste es Satanás y posee poderes satánicos.

La religión como institución también atrajo la atención. Mirando al pasado se condena la Inquisición, las intrigas de las órdenes religiosas, el nefando dominio del clero.

       B.3 La vida para los románticos se presenta negativamente: no es un bien, sino un mal. El alma romántica es un alma atormentada, triste, moralmente enferma, en busca de un ideal inalcanzable, de un sueño que no se ha de realizar. La inadaptación y la soledad son sus compañeras. Espronceda lo dijo en “A Jarifa en una orgía”:

                                      Y encontré mi ilusión desvanecida

                                      y eterno e insaciable mi deseo:

                                      palpé la realidad y odié la vida.

                                      Sólo en la paz de los sepulcros creo.

El pesimismo envuelve todo. Si se mira la juventud, el tiempo la destruye. Si se sueña el amor, el desengaño lo carcome; si la riqueza o la fama, pronto se desvanecen. Si se alzan los ojos al más allá, la duda y el misterio desprenden un brillo ambiguo. Si se vuelven hacia la sociedad, la injusticia y el dolor ponen una nota amarga. Vivir, ¿para qué? Una angustiosa melancolía, una incontrolable desesperación, se insinúan en el corazón. “El mal del siglo” es su nombre, mal que ya Meléndez Valdés había designado más adecuadamente como “fastidio universal”, hastío, cansancio de existir.

La raíz de esta actitud ha de buscarse en el conflicto que filosóficamente Kant expresó admirablemente entre la Razón Pura y la Razón Práctica. Ahí se encuentra lo que mucho después Miguel de Unamuno llamó “sentimiento trágico de la vida”. De un lado, el yo, el mundo interior, sus sueños y creencias, sus anhelos de eternidad y absoluto; de otro, la realidad mezquina, la fría constatación de lo limitado, la implacable verdad de la futilidad del hombre. Los románticos, perdida la fe en Dios e incapaces ya de creer en la razón como los ilustrados, operan el el vacío, en lo que se ha llamado “inmenso vacío del silencio divino”.

Las consecuencias de esta actitud son importantes. El desprecio por la vida lleva en un gesto típicamente compensatorio a buscar aventuras, peligros, hazañas, acciones heroicas, donde se pueda perder. Perder la vida no importa, como subraya muy bien el pirata de la conocida “Canción” de Espronceda.  (Ver: https://nomesjoana.wordpress.com/2011/06/07/el-yo-romantico/)

En consecuencia, la muerte es la gran amiga de los románticos. Es la libertadora, la que trae la paz al alma atormentada: sobre la tumba romántica, el ciprés y la luna ponen siempre una nota de reposo, de encanto, de suprema serenidad. Por eso, incluso, se la busca deliberadamente, con el suicidio. Nunca fue este hecho tan discutido ni tan importante en la creación literaria y en la vida. Rousseau dedicó muchas páginas de Julia a hablar de ello. Werther se suicidó, Fausto quiso hacerlo. En España Don Álvaro en la literatura, Larra en la vida constituyen los dos casos más espectaculares del fenómeno.

                                                Henry Wallis,  La muerte de Chatterton, 1856

C) Conflictos sociales

La literatura romántica es una literatura muy comprometida. El artista se vuelve hacia la sociedad y toma postura ante sus problemas. Nunca el poeta, el escritor, han tenido tan aguda conciencia de su misión social. Profeta de los tiempos modernos, denuncia y amenaza.

Se proclama la libertad como eje de la vida pública y privada. En su nombre se ataca a los tiranos, a la opresión, a la censura. En su nombre se pide la libertad sentimental, convirtiendo al individuo en único árbitro de sus afectos y deseos. En su nombre se rompen las leyes y las trabas de la creación literaria, abogando por la expresión espontánea y auténtica.

Políticamente se convierte al pueblo en origen y depositario del poder. Desde él se critica el absolutismo monárquico.

Socialmente se elige el lado del individuo frente a la organización. Y, en consecuencia, se prefiere el yo a la colectividad y se admira a los tipos rebeldes, marginales, que encarnan una permanente protesta con su renuncia a integrarse: el bandolero, el pirata, el trovador, el mendigo.

Otro aspecto importante es el humanitarismo social, nacido también del respeto total al  individuo. Hay simpatía hacia el desgraciado, hacia el pobre, hacia la víctima. Se siente compasión por el deforme, por el tarado física o moralmente. Se clama contra la pena de muerte y el mal estado de las cárceles.

                                         Giovanni Battista Piranesi ,  Las cárceles, 1761

Finalmente, cobra una nueva dimensión la conciencia nacionalista que produce las reivindicaciones de Cataluña, Galicia y Vascongadas que se sienten como entidades específicas y reclaman la revalorización de su lengua y cultura.

Fuente (adaptado) Ricardo Navas Ruiz, El romanticismo español, Ed. Cátedra.

El romanticismo en España. Límites temporales y generacionales

surrealismo%20(8)

1. Límites temporales

Entre 1800 y 1814, una serie de traducciones han dado a los españoles la oportunidad de conocer cosas tan románticas como “el mal del siglo”, la belleza del cristianismo y el brumoso medievalismo inglés. Rousseaur era conocido antes de 1800. El “ossianismo” se discute y divulga , se traduce a Chatteaubriand y Werther se podía leer en castellano desde 1803.

No obstante, habrá que esperar a 1814, fecha del inicio de la polémica entre Nicolás Bölh de Faber y Joaquín de Mora, para percibir la aparición de una nueva actitud, de una conciencia de que el mundo clásico se resquebrajaba.

Menos difícil resulta indicar los años gloriosos del movimiento. Van de 1834 a 1844, una década apenas. Lo suficiente para transformar el panorama cultural, también por supuesto el social y político de España. Se inicia con una obra de teatro, La conjuración de Venecia,  de Martínez de la Rosa, y se acaba con otra, Don Juan Tenorio, de Zorrilla. Entre las dos fechas escribe Larra muchos de sus artículos, Espronceda sus poesías, Hartzenbusch y Zorrilla sus mejores dramas, florece el costumbrismo y la novela histórica alcanza un apogeo inusitado; se popularizan los grandes autores extranjeros, Hugo, Dumas, Scott, Byron.

La dificultad surge al querer poner el punto final. ¿ Cuándo acaba el romanticismo? Se dice que La gaviota de Fernán Caballero, marca en 1849 el comienzo del realismo; pero se continúa llamndo románticos a Becquer y Rosalía de Castro que no escriben antes de la década de 1860.

El romanticismo, como ya se ha explicado previamente, es toda una actitud ante los problemas del hombre, de la sociedad, de la cultura. En tal sentido, el romanticismo está vigente desde 1800 hasta hoy. Ya Rubén Darío lo dijo: “¿Quién que es no es romántico?” Y Azorín veía como una unidad la cultura occidental desde 1800 a sus días, como formaron una unidad los tres siglos precedentes. Bajo esta perspectiva es preciso enfocar de modo diferente el realismo que muchos han dado en definir como reacción antirromántica. Nada más lejos de la verdad. El realismo está contenido en el romanticismo inevitablemente. Realismo y romanticismo van unidos: después de todo, el complemento del sueño es la vida real y el del amor ideal, la ironía desencantada.

Únicamente a efectos prácticos, y sin desconocer la imposibilidad de poner lindes rigurosos a la historia literaria, se propone reservar el uso de romanticismo  a un periodo muy definido del siglo XIX, el que va de 1830 a 1850.

Este criterio permitiría distinguir en la historia literaria española del siglo XIX cuatro épocas bien delimitadas:

   El fin del neoclasicismo hasta 1830

   El romanticismo entre 1830 y 1850

   El postromanticismo entre 1850 y 1875

   El realismo entre 1875 y 1898.

2. La generación romántica

Entre los escritores que escribieron sus principales obras entre 1830 y 1850 cabe destacar:

El llamado “grupo de los viejos” que abarca a los  escritores nacidos antes de 1800. A ellos les corresponde  la introducción del movimiento en España. Larra solía referirse a ellos como “los hombres de las Cortes de Cádiz”, responsables en parte de la Constitución de 1812.

Cecilia Bölh de Faber y conservadores como Martínez de la Rosa o progresistas como Ángel de Saavedra, duque de Rivas, entre otros,  pertenecen a este grupo.

Un segundo grupo viene constituído por los que nacen en la década siguiente, entre 1800 y 1810. Reciben todavía una educación clásica (Alberto Lista forma a muchos de ellos en el “buen gusto” y la “moderación”) . Viven de forma decisiva en su juventud la trágica alternancia de liberalismo y represión, siendo el Trienio Liberal y la Ominosa Década su gran experiencia histórica. Algunos emigraron, pero muchos prefirieron quedarse en el país. Sinceramente liberales en su mayoría, llevaron al romanticismo el entusiasmo juvenil y el ardor doctrinario. Destacan de entre ellos Juan Eugenio Hartzenbusch, José de Espronceda y Mariano José de Larra.

Finalmente, existe un tercer grupo que comprende a los nacidos entre 1810 y 1820. Se educan ya en pleno fervor romántico. Figuras como Larra y Espronceda les merecen respeto,  basta recordar con que entusiasmo habla Zorrilla de ambos. Su experiencia historica decisiva es la guerra carlista y las luchas de moderados y progresistas por el poder. Coincidiendo con la tendencia de la sociedad española a un orden estable, buscan un romanticismo menos agresivo, más histórico y tradicional, más conservador en suma.

Los treinta años que separan, por ejemplo,  a Martínez de la Rosa de Zorrilla no fue obstáculo para que , en un tiempo muy concreto entre 1830 y 1850, todos coincidieran en hacer una literatura con ideales y objetivos análogos, pero también diferenciada en los matices.

Fuente  (adaptación) : Ricardo Navas Ruiz, El romanticismo español, Ed. Cátedra.

“El beso” de Gustavo Adolfo Bécquer: la presencia del mito de Pigmalión en la leyenda

                                                           

Fragmento de “El beso

 

   – Renegando entre dientes de la campana y del campanero que la toca, disponíame, una vez apagado aquel insólito y temeroso rumor, a coger nuevamente el hilo del interrumpido sueño, cuando vino a herir mi imaginación y a ofrecerse ante mis ojos una cosa extraordinaria. A la dudosa luz de la luna que entraba en el templo por el estrecho ajimez del muro de la capilla mayor, vi a una mujer arrodillada junto al altar.

     Los oficiales se miraron entre sí con expresión entre asombrada e incrédula; el capitán sin atender al efecto que su narración producía, continuó de este modo:

     -No podéis figuraros nada semejante, aquella nocturna y fantástica visión que se dibujaba confusamente en la penumbra de la capilla, como esas vírgenes pintadas en los vidrios de colores que habréis visto alguna vez destacarse a lo lejos, blancas y luminosas, sobre el oscuro fondo de las catedrales.

     Su rostro ovalado, en donde se veía impreso el sello de una leve y espiritual demacración, sus armoniosas facciones llenas de una suave y melancólica dulzura, su intensa palidez, las purísimas líneas de su contorno esbelto, su ademán reposado y noble, su traje blanco flotante, me traían a la memoria esas mujeres que yo soñaba cuando casi era un niño. ¡Castas y celestes imágenes, quimérico objeto del vago amor de la adolescencia!

     Yo me creía juguete de una alucinación, y sin quitarle un punto los ojos, ni aun osaba respirar, temiendo que un soplo desvaneciese el encanto. Ella permanecía inmóvil.

     Antojábaseme, al verla tan diáfana y luminosa que no era una criatura terrenal, sino un espíritu que, revistiendo por un instante la forma humana, había descendido en el rayo de la luna, dejando en el aire y en pos de sí la azulada estela que desde el alto ajimez bajaba verticalmente hasta el pie del opuesto muro, rompiendo la oscura sombra de aquel recinto lóbrego y misterioso.

     -Pero…-exclamó interrumpiéndole su camarada de colegio, que comenzando por echar a broma la historia, había concluido interesándose con su relato -¿cómo estaba allí aquella mujer? ¿No le dijiste nada? ¿No te explicó su presencia en aquel sitio?

     -No me determiné a hablarle, porque estaba seguro de que no había de contestarme, ni verme, ni oírme.

     -¿Era sorda?

     -¿Era ciega?

     -¿Era muda? -exclamaron a un tiempo tres o cuatro de los que escuchaban la relación.

     -Lo era todo a la vez -exclamó al fin el capitán después de un momento de pausa-, porque era… de mármol.

     Al oír el estupendo desenlace de tan extraña aventura, cuantos había en el corro prorrumpieron en una ruidosa carcajada, mientras uno de ellos dijo al narrador de la peregrina historia, que era el único que permanecía callado y en una grave actitud:

     -¡Acabáramos de una vez! Lo que es de ese género, tengo yo más de un millar, un verdadero serrallo, en San Juan de los Reyes; serrallo que desde ahora pongo a vuestra disposición, ya que, a lo que parece, tanto os da de una mujer de carne como de piedra.

     -¡Oh!, no… -continuó el capitán, sin alterarse en lo más mínimo por las carcajadas de sus compañeros-: estoy seguro de que no pueden ser como la mía. La mía es una verdadera dama castellana que por un milagro de la escultura parece que no la han enterrado en su sepulcro, sino que aún permanece en cuerpo y alma de hinojos sobre la losa que lo cubre, inmóvil, con las manos juntas en ademán suplicante, sumergida en un éxtasis de místico amor.

     -De tal modo te explicas, que acabarás por probarnos la verosimilitud de la fábula de Galatea.

     -Por mi parte, puedo deciros que siempre la creí una locura; mas desde anoche comienzo a comprender la pasión del escultor griego.

     -Dadas las especiales condiciones de tu nueva dama, creo que no tendrás inconveniente en presentarnos a ella. De mí sé decir que ya no vivo hasta ver esa maravilla. Pero… ¿qué diantres te pasa?… diríase que esquivas la presentación. ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja! Bonito fuera que ya te tuviéramos hasta celoso.

     -Celoso -se apresuró a decir el capitán-, celoso… de los hombres, no…; mas ved, sin embargo, hasta dónde llega mi extravagancia. Junto a la imagen de esa mujer, también de mármol, grave y al parecer con vida como ella, hay un guerrero… su marido sin duda… Pues bien…: lo voy a decir todo, aunque os moféis de mi necesidad… Si no hubiera temido que me tratasen de loco, creo que ya lo habría hecho cien veces pedazos.

     Una nueva y aún más ruidosa carcajada de los oficiales saludó esta original revelación del estrambótico enamorado de la dama de piedra.

     -Nada, nada; es preciso que la veamos -decían los unos.

     -Sí, sí; es preciso saber si el objeto corresponde a tan alta pasión -añadían los otros.

Mito de Pigmalión y Galatea :

https://nomesjoana.wordpress.com/2011/04/08/pigmalion-y-galatea/