Características del romanticismo español

Toda renovación literaria se manifiesta en el uso de ciertas técnicas constructivas y en el lenguaje. El romanticismo no fue una excepción. Han quedado consiguientemente unos cuantos procedimientos de escritura, comunes a todos los autores de la época, que constituyen un estilo general.

A) Escenarios románticos: Naturaleza y ciudad

Los románticos, en su búsqueda del hombre concreto, del individuo, de sus circunstancias, conceden gran importancia al entorno. Dos escenarios son preferidos: la naturaleza y la ciudad.

La naturaleza se presenta, sobre todo, en sus formas agrestes, salvajes. Ya no es el jardín cuidado y geométrico del clasicismo, sino el bosque umbrío y lleno de peligros, las montañas escarpadas y cubiertas de maleza, el  mar bravío.

Hay una complacencia de mostrar el triunfo de la naturaleza sobre el hombre y sus obras: el cementerio con sus sauces llorones, sus tumbas abandonadas, o las ruinas donde trepa la hierba sobre las piedras son el silencioso testimonio de la inutilidad de los esfuerzos humanos. De las horas y las estaciones hay predilección por la noche, la primavera y el otoño. La noche suele presidir al amor con la luna amiga como confidente en las alegrías y los desengaños. Pero otras veces la noche se puebla de espectros, ladridos de perros en una imaginería típica del terror y lo sobrenatural. (Ver:https://nomesjoana.wordpress.com/2011/06/09/2370/)

 

La primavera es la estación de las ilusiones, el amor primero, de los sueños de gloria. El otoño, en cambio, simboliza el desengaño y la derrota con las hojas caídas como testigo.

El cuanto a las ciudades existe una revalorización de lo sencillo y humilde, por un lado, y del arte medieval, árabe o gótico, por otro. Se escogen ciudades artísticas cargadas de historia y tradición: Toledo, Granada, Sevilla, Madrid.

B) La fantasía

El romántico quiere romper los límites estrechos de la realidad concreta y remontar el vuelo hacia las regiones inmensas de la imaginación.

Son varios los procedimientos con que la fantasía entra técnicamente en la literatura romántica. En primer lugar, el gusto por el misterio y lo sobrenatural. De otro lado, se buscan situaciones ambiguas, zonas confusas, donde se pierden los límites de lo creíble y lo increíble: presentimientos, voces, apariciones de seres del más allá. O directamente, como ocurre en Zorrilla, se admiten los milagros.

En segundo lugar, se recurre al sueño y la visión, anticipando de alguna manera la exploración del subconsciente. Sueños y visiones aparecen en su vertiente positiva o negativa. El sueño o la visión buena presupone la realización de los deseos, el logro de la felicidad, un buen presagio. En oposición, el sueño malo o pesadilla se combina con el infierno y sus símbolos, el horror, la nada, la muerte.

C) Caracterización de los personajes

Los románticos han creado más “tipos” que caracteres. De esta forma el personaje romántico tiende a ser de una sola pieza, sin inflexiones, como determinado por su esencia a una actitud.

El héroe romántico responde un poco a la concepción byroniana: apasionado, orgulloso, enamorado, perseguido por la fatalidad, escéptico, caballeroso y básicamente noble. Se encarna en diversas profesiones sociales: el trovador medieval, galante y soñador; el noble, fiero en la guerra y fino en el amor; el bandolero generoso; el viajero desconocido y lejano que oculta una historia misteriosa; el templario o el fraile.

En el extremo opuesto, el antihéroe es el tirano insensible, frío, calculador, despiadado con los que persigue; los representantes de una autoridad inflexible y ciega, sea el padre que se empeña en marcar el destino de su hija, sea el noble despótico y encerrado en sus privilegios.

D) El lenguaje

El romanticismo cambió radicalmente los procedimientos expresivos. Eliminó, en primer lugar, el sistema de referencias neoclásicas, acabando con la moda de designar fenómenos naturales o humanos mediante denominaciones mitológicas griegas: aire y viento sustituyen a Eolo, amor a Venus, Dios a Júpiter.

Por otro lado, dentro del principio sagrado de libertad, se rechaza la distinción entre palabras nobles y plebeyas, de palabras que se pueden y que no se pueden usar. Toda palabra tiene lugar en el texto si es necesaria.

Pero si algo define el nuevo estilo es el énfasis. Abundan los signos de interrogación y exclamación, los puntos suspensivos, la hinchazón retórica. Nada se puede decir con sencillez, todo ha de ir envuelto en el exceso verbal.

Fuente: (adaptado) Ricardo Navas Ruiz, El romanticismo español, Ed. Cátedra

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Temas del romanticismo español

Los románticos españoles prefirieron para expresar su visión del mundo unos cuantos temas que coinciden básicamente en su fondo y su enfoque con los del romanticismo europeo.

A) La historia

La literatura romántica es en gran parte histórica. Y la época preferida fue la Edad Media. Hay una revalorización del romancero, y consecuentemente de la épica. El moro Expósito y los Romances históricos, del duque de Rivas, son buena prueba. Apasionó asimismo el tema de los templarios – El señor de Bembibre, de Gil y Carrasco – y al lado de todo ello, se revivió naturalmente el ambiente caballeresco con sus damas y trovadores, sus justas y sus torneos. Y no faltan los templos góticos, el fanatismo, las pruebas de Dios, la brujería.

Dentro de lo medieval reviste un carácter especial el mundo árabe. El orientalismo de los románticos europeos cobra en España un matiz patriótico, puesto que el oriente no sólo no le era ajeno, sino parte de su historia. No tiene,  pues, un sabor exótico, sino de algo propio.  Se captó el esplendor del califato cordobés, las intrigas decadentes del reino de Valencia – Los amantes de Teruel, de Hartzenbusch,  por ejemplo -, los últimos días trágicos de Granada – Granada, de Zorrilla.

B) Los sentimientos

Como en todas las épocas, estan presentes los grandes sentimientos del hombre ante unos cuantos valores básicos: el amor, la religión, la vida y la muerte.

      B.1) El amor fue uno de los valores clave para los románticos. No un amor sereno, sosegado, sometido al control de lo conveniente y racional, sino un amor desatado, furioso, ciego.

Dos formas suele revestir este sentimiento: la sentimental y la pasional, ambas idealistas. La  primera consiste en una actitud melancólica, de tristeza íntima, de ensueño irrealizable, cuyos ingredientes son el alma tímida del poeta, la mujer amada e imposible, el paisaje compañero. Esta actitud, que culmina en Gustavo Adolfo Becquer, aparece como ingrediente menor también en Espronceda y Zorrilla. Como se ve, es el campo preferido de la poesía.

 El amor pasión fue vivido ejemplarmente por Larra que, en distintos lugares de sus artículos, dejó algunos lúcidos análisis del mismo. Surge de repente y se plantea en términos de todo o nada. Rompe las fronteras de las convenciones sociales: los amantes saltan por encima de los padres, de los códigos morales, aún de Dios. Su fin, como observó un satírico, no es únicamente que acabe pronto,  sino que acabe mal (Don Álvaro, Los amantes de Teruel). Y si no acaba pronto o trágicamente da lugar al desengaño, a la desilusión o a la ironía romántica.

En relación con el amor surgen nuevos papeles para la mujer. Es ususal verla como “un ángel de amor”, inocente, hermosa, fuente de ilusiones para el corazón del hombre a quien lleva a cimas de felicidad y virtud: así canta Espronceda a Teresa inicialmente.  Encarna lo que los psicólogos como Jung han llamado “el anima”, esto es, el ideal femenino por el que sueña el varón. En el punto opuesto, puede ser también un demonio, perversa, criminal, vengativa, que arrastra a la muerte y la destrucción. Inés de Don Juan Tenorio y Zoraida de Los amantes de Teruel simbolizan las dos imágenes contrapuestas.

       B.2) La religión se les presenta a los románticos españoles bajo una doble perspectiva: como sentimiento y como institución.

Con los románticos aparece la rebeldía frente a Dios, ese ser que ha hecho al hombre tan desgraciado. La rebeldía trajo como consecuencia la reivindicación del diablo, de ese Mefistófeles de Fausto que nada sabe de la belleza del mundo, según le hace decir Goethe, sino sólo de los torturadores sufrimientos del hombre. El satanismo en España encontró un lugar importante en El diablo mundo de Espronceda; pero se le puede rastrear también en otros sitios: en Don Álvaro, el protagonista se suicida identificándose previamente con el demonio y en Don Juan Tenorio se reitera la idea de que éste es Satanás y posee poderes satánicos.

La religión como institución también atrajo la atención. Mirando al pasado se condena la Inquisición, las intrigas de las órdenes religiosas, el nefando dominio del clero.

       B.3 La vida para los románticos se presenta negativamente: no es un bien, sino un mal. El alma romántica es un alma atormentada, triste, moralmente enferma, en busca de un ideal inalcanzable, de un sueño que no se ha de realizar. La inadaptación y la soledad son sus compañeras. Espronceda lo dijo en “A Jarifa en una orgía”:

                                      Y encontré mi ilusión desvanecida

                                      y eterno e insaciable mi deseo:

                                      palpé la realidad y odié la vida.

                                      Sólo en la paz de los sepulcros creo.

El pesimismo envuelve todo. Si se mira la juventud, el tiempo la destruye. Si se sueña el amor, el desengaño lo carcome; si la riqueza o la fama, pronto se desvanecen. Si se alzan los ojos al más allá, la duda y el misterio desprenden un brillo ambiguo. Si se vuelven hacia la sociedad, la injusticia y el dolor ponen una nota amarga. Vivir, ¿para qué? Una angustiosa melancolía, una incontrolable desesperación, se insinúan en el corazón. “El mal del siglo” es su nombre, mal que ya Meléndez Valdés había designado más adecuadamente como “fastidio universal”, hastío, cansancio de existir.

La raíz de esta actitud ha de buscarse en el conflicto que filosóficamente Kant expresó admirablemente entre la Razón Pura y la Razón Práctica. Ahí se encuentra lo que mucho después Miguel de Unamuno llamó “sentimiento trágico de la vida”. De un lado, el yo, el mundo interior, sus sueños y creencias, sus anhelos de eternidad y absoluto; de otro, la realidad mezquina, la fría constatación de lo limitado, la implacable verdad de la futilidad del hombre. Los románticos, perdida la fe en Dios e incapaces ya de creer en la razón como los ilustrados, operan el el vacío, en lo que se ha llamado “inmenso vacío del silencio divino”.

Las consecuencias de esta actitud son importantes. El desprecio por la vida lleva en un gesto típicamente compensatorio a buscar aventuras, peligros, hazañas, acciones heroicas, donde se pueda perder. Perder la vida no importa, como subraya muy bien el pirata de la conocida “Canción” de Espronceda.  (Ver: https://nomesjoana.wordpress.com/2011/06/07/el-yo-romantico/)

En consecuencia, la muerte es la gran amiga de los románticos. Es la libertadora, la que trae la paz al alma atormentada: sobre la tumba romántica, el ciprés y la luna ponen siempre una nota de reposo, de encanto, de suprema serenidad. Por eso, incluso, se la busca deliberadamente, con el suicidio. Nunca fue este hecho tan discutido ni tan importante en la creación literaria y en la vida. Rousseau dedicó muchas páginas de Julia a hablar de ello. Werther se suicidó, Fausto quiso hacerlo. En España Don Álvaro en la literatura, Larra en la vida constituyen los dos casos más espectaculares del fenómeno.

                                                Henry Wallis,  La muerte de Chatterton, 1856

C) Conflictos sociales

La literatura romántica es una literatura muy comprometida. El artista se vuelve hacia la sociedad y toma postura ante sus problemas. Nunca el poeta, el escritor, han tenido tan aguda conciencia de su misión social. Profeta de los tiempos modernos, denuncia y amenaza.

Se proclama la libertad como eje de la vida pública y privada. En su nombre se ataca a los tiranos, a la opresión, a la censura. En su nombre se pide la libertad sentimental, convirtiendo al individuo en único árbitro de sus afectos y deseos. En su nombre se rompen las leyes y las trabas de la creación literaria, abogando por la expresión espontánea y auténtica.

Políticamente se convierte al pueblo en origen y depositario del poder. Desde él se critica el absolutismo monárquico.

Socialmente se elige el lado del individuo frente a la organización. Y, en consecuencia, se prefiere el yo a la colectividad y se admira a los tipos rebeldes, marginales, que encarnan una permanente protesta con su renuncia a integrarse: el bandolero, el pirata, el trovador, el mendigo.

Otro aspecto importante es el humanitarismo social, nacido también del respeto total al  individuo. Hay simpatía hacia el desgraciado, hacia el pobre, hacia la víctima. Se siente compasión por el deforme, por el tarado física o moralmente. Se clama contra la pena de muerte y el mal estado de las cárceles.

                                         Giovanni Battista Piranesi ,  Las cárceles, 1761

Finalmente, cobra una nueva dimensión la conciencia nacionalista que produce las reivindicaciones de Cataluña, Galicia y Vascongadas que se sienten como entidades específicas y reclaman la revalorización de su lengua y cultura.

Fuente (adaptado) Ricardo Navas Ruiz, El romanticismo español, Ed. Cátedra.

El romanticismo en España. Límites temporales y generacionales

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1. Límites temporales

Entre 1800 y 1814, una serie de traducciones han dado a los españoles la oportunidad de conocer cosas tan románticas como “el mal del siglo”, la belleza del cristianismo y el brumoso medievalismo inglés. Rousseaur era conocido antes de 1800. El “ossianismo” se discute y divulga , se traduce a Chatteaubriand y Werther se podía leer en castellano desde 1803.

No obstante, habrá que esperar a 1814, fecha del inicio de la polémica entre Nicolás Bölh de Faber y Joaquín de Mora, para percibir la aparición de una nueva actitud, de una conciencia de que el mundo clásico se resquebrajaba.

Menos difícil resulta indicar los años gloriosos del movimiento. Van de 1834 a 1844, una década apenas. Lo suficiente para transformar el panorama cultural, también por supuesto el social y político de España. Se inicia con una obra de teatro, La conjuración de Venecia,  de Martínez de la Rosa, y se acaba con otra, Don Juan Tenorio, de Zorrilla. Entre las dos fechas escribe Larra muchos de sus artículos, Espronceda sus poesías, Hartzenbusch y Zorrilla sus mejores dramas, florece el costumbrismo y la novela histórica alcanza un apogeo inusitado; se popularizan los grandes autores extranjeros, Hugo, Dumas, Scott, Byron.

La dificultad surge al querer poner el punto final. ¿ Cuándo acaba el romanticismo? Se dice que La gaviota de Fernán Caballero, marca en 1849 el comienzo del realismo; pero se continúa llamndo románticos a Becquer y Rosalía de Castro que no escriben antes de la década de 1860.

El romanticismo, como ya se ha explicado previamente, es toda una actitud ante los problemas del hombre, de la sociedad, de la cultura. En tal sentido, el romanticismo está vigente desde 1800 hasta hoy. Ya Rubén Darío lo dijo: “¿Quién que es no es romántico?” Y Azorín veía como una unidad la cultura occidental desde 1800 a sus días, como formaron una unidad los tres siglos precedentes. Bajo esta perspectiva es preciso enfocar de modo diferente el realismo que muchos han dado en definir como reacción antirromántica. Nada más lejos de la verdad. El realismo está contenido en el romanticismo inevitablemente. Realismo y romanticismo van unidos: después de todo, el complemento del sueño es la vida real y el del amor ideal, la ironía desencantada.

Únicamente a efectos prácticos, y sin desconocer la imposibilidad de poner lindes rigurosos a la historia literaria, se propone reservar el uso de romanticismo  a un periodo muy definido del siglo XIX, el que va de 1830 a 1850.

Este criterio permitiría distinguir en la historia literaria española del siglo XIX cuatro épocas bien delimitadas:

   El fin del neoclasicismo hasta 1830

   El romanticismo entre 1830 y 1850

   El postromanticismo entre 1850 y 1875

   El realismo entre 1875 y 1898.

2. La generación romántica

Entre los escritores que escribieron sus principales obras entre 1830 y 1850 cabe destacar:

El llamado “grupo de los viejos” que abarca a los  escritores nacidos antes de 1800. A ellos les corresponde  la introducción del movimiento en España. Larra solía referirse a ellos como “los hombres de las Cortes de Cádiz”, responsables en parte de la Constitución de 1812.

Cecilia Bölh de Faber y conservadores como Martínez de la Rosa o progresistas como Ángel de Saavedra, duque de Rivas, entre otros,  pertenecen a este grupo.

Un segundo grupo viene constituído por los que nacen en la década siguiente, entre 1800 y 1810. Reciben todavía una educación clásica (Alberto Lista forma a muchos de ellos en el “buen gusto” y la “moderación”) . Viven de forma decisiva en su juventud la trágica alternancia de liberalismo y represión, siendo el Trienio Liberal y la Ominosa Década su gran experiencia histórica. Algunos emigraron, pero muchos prefirieron quedarse en el país. Sinceramente liberales en su mayoría, llevaron al romanticismo el entusiasmo juvenil y el ardor doctrinario. Destacan de entre ellos Juan Eugenio Hartzenbusch, José de Espronceda y Mariano José de Larra.

Finalmente, existe un tercer grupo que comprende a los nacidos entre 1810 y 1820. Se educan ya en pleno fervor romántico. Figuras como Larra y Espronceda les merecen respeto,  basta recordar con que entusiasmo habla Zorrilla de ambos. Su experiencia historica decisiva es la guerra carlista y las luchas de moderados y progresistas por el poder. Coincidiendo con la tendencia de la sociedad española a un orden estable, buscan un romanticismo menos agresivo, más histórico y tradicional, más conservador en suma.

Los treinta años que separan, por ejemplo,  a Martínez de la Rosa de Zorrilla no fue obstáculo para que , en un tiempo muy concreto entre 1830 y 1850, todos coincidieran en hacer una literatura con ideales y objetivos análogos, pero también diferenciada en los matices.

Fuente  (adaptación) : Ricardo Navas Ruiz, El romanticismo español, Ed. Cátedra.

Bases del romanticismo europeo

“El romanticismo es una revolución artística tan grave y trascendental que sobrepuja al mismo renacimiento” ha dicho Julio Cejador en su Historia de la literatura y la lengua castellana. En efecto el romanticismo es no sólo una revolución artística,  sino también política, social  e  ideológica tan importante y duradera que todavía hoy se viven muchos de sus principios: la libertad, el individualismo, la democracia, el idealismo social, el nacionalismo, la sensibilidad particular de las emociones.

Como toda revolución, como todo movimiento vasto histórico, el romanticismo se presenta como un complejísimo fenómeno imposible de abarcar en una definición.

Hay, no obstante, una serie de acontecimientos decisivos a lo largo del siglo XVIII, sobre todo entre 1770 y 1800, que cambian radicalmente el signo de la sociedad y la cultura occidental. Cabría decir, acudiendo a un desgastado tópico, que entre esas fechas Europa se acostó absolutista y neoclásica y se levantó demócrata y romántica. El cambio se gestó principalmente en Alemania e Inglaterra, pero con aportaciones considerables de Estados Unidos y Francia. Hay que constatar que España, si se exceptúa quizá la especial contribución de Goya (1746-1828) , no ayudó en nada a la transformación en curso. Se limitó a aceptarla con más o menos entusiasmo.

En política cabe señalar tres grandes revoluciones que representan el origen de un nuevo orden social. Con ellas la Libertad reemplaza a la Tiranía, el Poder Absoluto se ve limitado por un cuerpo de derechos colectivos e individuales, la Democracia se erige en ideal de gobierno.

Al amparo de la monarquía constitucional inglesa, la revolución industrial (1760-1840) altera la relación de capital y producción, expande el comercio, favorece el auge de la burguesía y, en definitiva, sienta las bases del liberalismo.

En Estados Unidos, la revolución americana con su Declaración de Independencia(1776) hace de los derechos del hombre su eje cardinal y, al establecer como forma de estado una república demócrata, demuestra la capacidad gobernante del pueblo, fuente exclusiva del poder.

Frente al carácter pacífico y continuista de ambas, la revolución francesa (1789), sangrienta y demoledora, afirma la libertad, la igualdad y la fraternidad, vengando con la muerte de Luis XVI los abusos de los Borbones. Pero eso mismo revela el peligro del populacho, como entonces se llamó, y provoca una reacción conservadora que durante muchos años obligaría a la búsqueda de un equilibrio entre los excesos de los de abajo y de los de arriba, de un justo medio. Sin embargo, nada sería como antes.

Paralelamente en el orden cultural, un grupo de filósofos y de escritores minan el imperio absoluto de la Razón, de las Reglas, del Clasicismo, ampliando enormemente el abanico de la realidad.  El suizo Jean Jacques Rousseau (1712-1778),  con un puñado de obras  fundamentales como El contrato social o Las confesiones, aporta una nueva actitud ante la sociedad y el individuo, defiende la bondad de éste y la maldad de aquella, propugna el desarrollo de la potencialidad de cada personalidad, despliega un nuevo sentimiento ante el amor y la naturaleza, se atreve incluso a revelar los más íntimos secretos del yo. Su influencia fue enorme en la modelación de una nueva sensibilidad.

En Alemania, Immanuel Kant (1724-1804) acentúa el idealismo al hacer depender en su Crítica de la razón pura (1781) el conocimiento y la visión de la realidad de unas categorías mentales innatas. Al mismo tiempo en Crítica de la razón práctica (1788) abre la puerta al irracionalismo admitiendo fenómenos racionalmente indemostrables como la existencia de Dios.

Entre tanto, la literatura y la cultura en general habían entrado por un nuevo camino, especialmente en Alemania donde  se produce un movimiento llamado “Sturm und Drang” (tempestad y pasión) que propugna la creación literaria al margen de las reglas clásicas y revaloriza la expresión artística de vivencias y sentimientos.

Johann G. Herder (1744-1803), admirador de Homero, Shakespeare y la literatura folclórica, anticipó en diversas obras conceptos lingüísticos, históricos y literarios fundamentales para el romanticismo, muy repetidos posteriormente: la existencia de un espíritu nacional ligado al idioma cuyo desarrollo es la historia de cada país, la manifestación de ese espíritu en las creaciones del pueblo y los grandes poetas. Con ello se afirmaban decididamente el nacionalismo y el populismo.

Johann W. Goethe (1749-1832) se interesó en el pasado alemán gracias a su amistad con Herder. Su novela Werther (1774) representa la primera inmersión profunda en el “mal del siglo” con la historia de un infortunio amoroso que termina en suicidio. Fausto (1808) crea el paradigma de poema épico romántico, de índole filosófica, con un héroe a la busca de un sueño imposible.

 (Werther ópera en cuatro actos con música de Jules Massenet basado en la novela Los sufrimientos del joven Werther (Die Leiden des jungen Werthers) de Goethe.)

En Inglaterra, James MacPherson (1736-1796) atribuye sus obras a un supuesto bardo irlandés del siglo III llamado Ossian que dio origen a una larga moda ossiánica y Horace Walpole (1717-1797) sienta las bases de la novela de horror y aventuras en El castillo de Otranto (1765).

Cabe decir que en 1800 están firmemente establecidos en Inglaterra y Alemania los caracteres fundamentales del romanticismo. Después de esa fecha una generación más joven se encargará de desarrollarlos plenamente mientras se extienden por otros países con mayor o menor celeridad. Pasan primero a Francia y luego a Italia, Rusia, España, Portugal y el resto de Europa. Hacia 1830 no existe ya país que no siga las directrices de las dos grandes naciones modernas.

Dentro del espacio de tiempo que va de 1800 a 1830 cabe mencionar algunos nombres que marcaron decisivamente la corriente romántica. En Inglaterra Lord Byron (1788-1824), con su estilo de vida desenfadada y con su creación poética, imaginativa, fecunda, apasionada, dio pie a toda una actitud, el byronismo, en la que se mezclaba el orgullo satánico, la impiedad, el pesimismo y la melancolía, el escepticismo de la vida, la aventura, la sensualidad, la exaltación del yo, la persecución de ideales imposibles. Poemas como Childe Harold (1812) The Corsair (1814), Don Juan (1819) fueron imitados hasta la saciedad.

 (Remando al viento, película española del género drama/romántica, dirigida por Gonzalo Suárez en 1987. Sus protagonistas son Lord Byron, Mary Shelley y Percy B. Shelly. )

En Alemania los hermanos Schlegel propulsaron activamente el romanticismo desde su revista Ateneo (1798-1800). Ambos incorporaron al movimiento la Edad Media, el cristianismo y algunos aspectos de la cultura española, especialmente a Calderon de la Barca.

Heinrich Heine (1797-1856) y Ernst Hoffman (1776-1822) fueron las figuras más influyentes. Heine con su Libro de cantares (1827) elevó la canción popular a cimas insospechadas, haciéndola apta para la expresión de los más delicados y complejos sentimientos. Hoffman cultivó con éxito un tipo de cuento fantástico con temas de locura, de horror, grotescos y sobrenaturales.

Novalis supone la culminación del primer romanticismo. Su lirismo en Cantos espirituales y Cantos a la noche es expresión mística del sentido de la noche que engendra el misterio y la muerte como vida eterna.

En Francia el romanticismo adquiere un carácter marcadamente conflictivo, debido al inmenso prestigio y fuerza del clasicismo y del antiguo régimen. Chateaubriand es el primer romántico francés. Con El genio del cristianismo (1802) revela toda la belleza contenida en esta doctrina muy superior a la del paganismo clásico.

Poco después Mme.  de Stäel (1766-1817) publicó De L’Allemagne (1810), fruto de sus viajes por Alemania en compañía de August Schlegel. En el libro dio a conocer el movimiento cultural alemán y muchas de las ideas de Schlegel. Stäel anotaba la superioridad del país vecino en relación a Francia, lo que provocó las iras de Napoleón.

La aparición de un romanticismo liberal y agresivo habría de tardar todavía unos años. Victor Hugo en el prefacio de Cromwell (1827) ataca abiertamente la teoría clásica del teatro, defiende el romanticismo como la literatura de la verdad y admite como categoría estética lo feo. Entretanto, Alexandre Dumas (1802-1870) desafía en dramas históricos como Anthony (1831) la vigente estructura social.

 Dada la intensidad de la lucha entre fuerzas antagónicas dentro de la sociedad francesa, un punto que hubo de debatirse agriamente fue el papel de la religión. No es de extrañar consecuentemente que aparezcan intentos por eliminar del cristianismo su carácter fanático y conservador, haciéndolo menos político, más individual, mejor adaptado al espíritu del tiempo. Henri de Saint Simon (1760-1825) el El nuevo cristianismo (1825), junto a su propuesta de una organización social dirigida por los hombres de ciencia, propugna la hermandad cristiana, la compasión y la ayuda al pobre, la supresión de la propiedad.

El romanticismo afectó, por supuesto a todos los órdenes de la vida, no sólo a la política, la filosofía, la religión o la literatura. La pintura también, por ejemplo, fue influida: hay que recordar la aproximación a la naturaleza de paisajistas alemanes o ingleses como Friedrich (1774-1840) o Turner (1775-1851).

 En esta senda el gran renovador fue Francisco de Goya (1746-1828) con su mezcla de tragedia y sátira, su descenso a lo irracional y grotesco, su denuncia de los horrores de la guerra, su descubrimiento de un mundo de locura y degeneración.

 (Los Fantasmas de Goya, una película de Milos Forman, con Javier Bardem y Natalie Portman.)

En música Beethoven (1770-1827) abre los horizontes de la modernidad.

En la ópera se tendió a relajar, romper o mezclar entre sí, las formas establecidas en el barroco o el clasicismo. Este proceso alcanzó su apogeo con las óperas de Wagner, en las cuales las arias, coros, recitativos y piezas de conjunto, son difíciles de distinguir. Por el contrario, se busca un continuo fluir de la música.

También ocurrieron otros cambios. Los castrati desaparecieron y, por tanto, los tenores adquirieron roles más heroicos, y los coros se tornaron más importantes. A finales del período romántico, el verismo se popularizó en Italia, retratando en la ópera escenas realistas, más que históricas o mitológicas. En Francia la tendencia también se acogió, y quedaron ejemplos populares como Carmen de Bizet.  (Clica el enlace a Wikipedia  http://es.wikipedia.org/wiki/M%C3%BAsica_del_Romanticismo)

Texto adaptado de Ricardo Navas Ruiz, El romanticismo español, Ed. Cátedra

El mundo romántico: un “locus horrendus”

El deseo de evasión se manifiesta en el gusto romántico por lo exótico y lejano, que si a veces es mero fruto de la imaginación, en otras ocasiones parte de realidades que los autores han observado como viajeros.

El pasado ejerce también su atractivo, especialmente la Edad Media. Sus ficciones caballerescas parecen hablar de tiempos guiados por más nobles ideales, y en ella buscan sus orígenes y su identidad las diversas naciones europeas.

Cambia la percepción de la naturaleza, con la que el romántico establece relaciones afectivas, percibiendo el paisaje como reflejo de sus estados de ánimo. Los parajes sombríos y solitarios son los que mayor afinidad presentan con su sensibilidad, dando lugar a un nuevo tópico literario: el “locus horrendus”.

Las noche recibe un nuevo tratamiento como tema literario. Hasta entonces tenía un valor negativo, mientras que ahora ejerce una evidente fascinación sobre el artista. Es la hora en que el individuo se queda a solas consigo mismo, y en la que el sueño le acerca a su inconsciente. Es además escenario propicio a lo sobrenatural, tan del gusto romántico.

El mundo romántico, a diferencia del clásico e ilustrado, está radicalmente abierto a lo sobrenatural y lo misterioso. Se busca otra realidad tras la realidad visible y palpable, para la que la imaginación es la llave. El mundo de los sueños es investigado como otra forma de consciencia.

Símbolos de “El yo romántico”: rebeldía y libertad

La concepción del yo es un elemento clave del movimiento romántico. Según los románticos, el espíritu humano tiende al infinito, aspira a lo absoluto desde la conciencia de sus limitaciones. Hay un componente heroico en esta actitud. La rebeldía frente a las leyes humanas y divinas es el resultado de ese impulso del  yo en su búsqueda de algo que dé sentido a la vida.

Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.

[…]

¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna antena,
quizá en su propio navío.
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la
fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

Fragmento de “La canción del pirata” de José de Espronceda

Se convierten en símbolos románticos todos aquellos personajes que desafiaron a los dioses en su aspiración a equipararse con ellos, como Prometeo, el titán que les robó el fuego para dárselo a los hombres y hacer posible su progreso, o Satán, el ángel caído. Bandidos y piratas son vistos bajo esta nueva luz que los idealiza. Proscritos y marginados (el  verdugo, la prostituta) pasan a simbolizar la hipocresía de una sociedad que los utiliza pero los rechaza.

El carácter excesivo de las aspiraciones del yo romántico lleva frecuentemente a la sensación de impotencia, al pesimismo y al deseo de cualquier forma de evasión, así como a la apatía y al tedio. Pero hay también numerosos procesos revolucionarios que prueban que esta insatisfacción no se limitó a una expresión meramente litararia.

Fuente: la Galera

Literatura Gótica/Subcultura “Dark”

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El movimiento gótico surge en Inglaterra  a finales del siglo XVIII. El renacimiento del gótico fue la expresión emocional, estética y filosófica que reaccionó contra el pensamiento dominante de la Ilustración, según el cual la humanidad podía obtener el conocimiento verdadero y obtener felicidad y virtud perfectas; su insaciable apetito por el conocimiento dejaba de lado la idea de que el miedo podía ser también sublime.

Los ingredientes de este subgénero son castillos embrujados, criptas, fantasmas o monstruos, así como las tormentas y tempestades, la nocturnidad y el simple detalle truculento, todo ello surgido muchas veces de leyendas  populares. La obra fundadora del gótico es El castillo de Otranto, de Horace Walpole (1765).

Posteriormente existe una literatura de terror que más o menos se inspira en estas obras canónicas del género y a veces se mezcla con otros géneros. A ella pertenecen obras como Jane Eyre de Charlotte Brontë o Cumbres borrascosas de su hermana Emily Brontë; las invenciones góticas de Edgar Allan Poe; Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, que es en realidad la primera novela de ciencia-ficción y Drácula de Bram Stoker.  A fines del siglo XIX,  Oscar Wilde tomó este subgénero con humor en su relato El fantasma de Canterville.

Las características de este género pasan por una ambientación romántica: paisajes sombríos, bosques tenebrosos, ruinas medievales y castillos con sus respectivos sótanos, criptas y pasadizos bien poblados de fantasmas, ruidos nocturnos, cadenas, esqueletos, demonios… Personajes fascinantes, extraños y extranjeros, peligro y muchachas en apuros;  los elementos sobrenaturales pueden aparecer o sólamente ser sugeridos. La ubicación elegida, en tiempo y espacio, respondía a la demanda de temas exóticos característica del medievalismo, el exotismo y el orientalismo.

 El Romanticismo exploró esta literatura, casi siempre inspiradora de sentimientos morbosos y angustiantes, que alcanzó su máximo esplandor en el siglo XIX, a impulsos del descubrimiento del juego mórbido con el inconsciente.

En los relatos góticos se advierte un erotismo larvado y un amor por lo decadente y ruinoso. La depresión profunda, la angustia, la soledad, el amor enfermizo, aparecen en estos textos vinculados con lo oculto y lo sobrenatural. Algunos autores sostienen que el gótico ha sido el padre del género de terror, que con posterioridad explotó el fenómeno del miedo con menor énfasis en los sentimientos de depresión, decadencia y exaltación de lo ruinoso y macabro que fueron el sello de la literatura romántica goticista.

En España cultivaron el género, entre otros, Gustavo Adolfo Bécquer, con sus Leyendas en prosa y José Zorrilla, con sus leyendas en verso.

Sin embargo, obras de pleno siglo XIX como Té verde, de Sheridan Le Fanu, Frankenstein, de Mary Shelley, El corazón delator, de Edgar Allan Poe, y, más adelante, Janet, Cuello Torcido, de R. L. Stevenson, Drácula, de Bram Stoker, El Horla, de Guy de Maupassant, Otra vuelta de tuerca, de Henry James, etc., puede decirse que superan el terror gótico, pues no reúnen las citadas características. Salvo en casos excepcionales, tienden al formato corto del cuento en menoscabo de la novela; no se recurre a las monjas ensangrentadas, ni son elementos necesarios los aullidos espectrales y los truenos, rayos y centellas de tormentas; no tienen por qué transcurrir en escenarios ruinosos, castillos y monasterios medievales; los fantasmas que presentan no están “encadenados”; apenas tienen que ver con leyendas populares… Por lo tanto pueden considerarse ya como obras plenamente representativas del terror moderno que alcanzará a nuestros días.

La subcultura (o cultura underground) gótica es un movimiento subcultural existente en varios países. Empezó en el Reino Unido entre finales de la década de 1970 y mediados de la década de 1980, en la escena del rock gótico, una derivación del post-punk. Su estética e inclinaciones culturales provienen principalmente de las influencias de la literatura y el cine de terror.

 Los miembros de la subcultura gótica comparten gustos estéticos, musicales y culturales. A pesar de que la música gótica abarca varios subgéneros y estilos, todos estos comparten una tendencia hacia una apariencia y un sonido dark u oscuro.

Se utilizan los términos Gótico, Dark, Siniestro, Oscuro, Batcaver y demás sobrenombres para definir a los seguidores de esta corriente.   (Fuente: Wikipedia)