“La verdad”, Luis García Montero

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“La verdad”, Luis García Montero. Artículo publicado en infoLibre 1/3/2014.

Caminaba por la calle Fuencarral. Acababa de salir de un acto sobre Europa, o sobre la realidad europea, o sobre los peligros del sentimiento antieuropeo, o sobre las mentiras del mundo que hemos creado. Muchas de las palabras oídas me habían parecido también mentirosas. De pronto me encontré con unos músicos callejeros, tres violines y un violonchelo, que estaban tocando a Beethoven. Me asaltó un repentino y agudo sentimiento de verdad.

La gente dudaba, volvía la cabeza, se detenía un momento, para seguir después con su prisa. De vez en cuando alguien echaba una limosna en el plato que los maestros habían colocado en el suelo. Porque sin duda eran maestros, tocaban muy bien, uno podía imaginar largas horas de estudio y conservatorio en algún país del Este. En un margen de la calle, ahora ocupaban casi el lugar de los mendigos, pero seguían concentrados en la solemne dignidad de su música mientras la realidad caminaba con prisa hacia otras soledades y otros asuntos.

Cuando uno se atreve a utilizar la palabra verdad saltan todas las alarmas. Enseguida protestan los miedos, el daño de los dogmas, los sermones, la conciencia de que sólo existen puntos de vista, la sabiduría contrastada de que la realidad es una materia flexible, líquida, dependiente de cada interpretación. Todo eso está muy bien, pero si escribo esta columna es porque sentí que la verdad de Beethoven y de aquellos músicos callejeros merecía en mí una segunda oportunidad. Como ocurre con algunos libros, algunos cuadros, algunos argumentos, a veces coinciden las cosas, lo que es, lo que vemos y lo que sentimos, y de nosotros un deseo de afirmación.

¿Nos atrevemos a afirmar? La cultura dominante lleva años invitándonos al descrédito. Tener una convicción parece cosa del pasado, un hecho característico de otras épocas peligrosas, cuando las ideas eran capaces de alterar el mundo y acabar en revoluciones, odios ciegos, banderas sangrientas y campos de concentración. No es que ahora falten la sangre, la muerte y la injusticia, pero las ideas que justifican su perpetuo dominio se han convertido en una rutina, en normas que llenan el aire de nuestras habitaciones y la tela nuestros bolsillos, y no hacen otro ruido que el de la gente que pasa.

La duda razonable ante el poder de los dogmas se ha transformado en el poder del cinismo, el relativismo, el nada tiene importancia porque no existe la verdad, y todo es una farsa, y la representación parece inseparable de la mentira, y las convicciones son un equipaje molesto para la prisa que nos lleva a nuestro comedor, o al escaparate de la próxima tienda, o a la fiesta oscura de nuestra soledad. No hay tiempo para reconocer la sorpresa de los músicos.

Aceptar un sentimiento de verdad suele ponernos en un compromiso. Resulta difícil dejar de comprometerse con una verdad, cerrar los ojos ante aquello que nos interpela y nos afecta porque ya forma parte de nosotros, porque une lo que somos a las condiciones de la realidad. Y tampoco están los tiempos para compromisos, así que es mejor renunciar a la verdad, al sí o al no que se meditan con la lentitud de cualquier aprendizaje, por ejemplo, del solfeo o la armonía. Sobran los vínculos, sobra el peso de un abrazo que pretenda convertirse en algo más que la flor de un instante. Sobra el esfuerzo.

Supongo que dentro de la sensación de verdad que me asaltó en la calle había algo más que la música de Beethoven. Supongo que allí vi representado el esfuerzo de unos músicos, su afán durante años por dominar un instrumento. Supongo que vi también el compromiso de cuatro personas con una vocación malaventurada. Supongo que necesité darle la razón a la palabra verdad porque aquella belleza no enmascaraba, no suprimía las realidades feas, me obligaba a mirar un mundo precario en el que las palabras Bethoveen, Europa, maestro, esfuerzo, compromiso y convicción eran situadas en el lugar de la mendicidad, en los márgenes de una prisa cotidiana que ya no desea convertirse en relato. Supongo, además, que me sentí viejo ante el mundo que pasaba de largo y consideré más patético disfrazarme de joven que aceptar la miseria de mis esfuerzos, mis compromisos y mis convicciones.

Cuenta la leyenda que Bethoveen gritó en una ocasión “mi música es para esa gente”, porque quiso defender la dignidad del pueblo frente a los ritos de la nobleza. En la calle Fuencarral, muy cerca de las putas de la calle Carretas, sentí que la música mendiga de un violonchelo y tres violines era para mí. Es la verdad.

LA POESÍA

La poesía es inútil, sólo sirve
para cortarle la cabeza a un rey
o para seducir a una muchacha.

Quizás sirve también,
si es que el agua es la muerte,
para rayar el agua con un sueño.
Y si el tiempo le otorga su única materia,
posiblemente sirva de navaja,
porque es mejor un corte limpio
cuando abrimos la piel de la memoria.
Con un cristal partido,
el deseo
hace heridas más sucias.

La poesía eres tú
un corte limpio,
una raya en el agua
-si es que el agua es razón de la existencia-,

la mujer que se deja seducir
para cortarle la cabeza a un rey.

García Montero, Luis. Completamente viernes. Barcelona; Ed. Tusquets, 1998.

Pensamiento crítico: Lo que no se dijo sobre Martin Luther King, por Vicenç Navarro

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Vicenç Navarro ha sido Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Barcelona. Actualmente es Catedrático de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Pompeu Fabra (Barcelona, España).

Es también profesor de Políticas Públicas en The Johns Hopkins University (Baltimore, EEUU) donde ha impartido docencia durante 35 años. Dirige el Programa en Políticas Públicas y Sociales patrocinado conjuntamente por la Universidad Pompeu Fabra y The Johns Hopkins University. Dirige también el Observatorio Social de España.
Es uno de los investigadores españoles más citados en la literatura científica internacional en ciencias sociales.

http://www.vnavarro.org/

A raíz del cincuenta aniversario de la Marcha de Washington, donde el Reverendo Martin Luther King dio su famoso discurso “Yo tengo un sueño” (I Have a Dream), se han escrito muchos reportajes, tanto en EEUU como en España, sobre aquella marcha y sobre Martin Luther King, refiriéndose a este último como una figura inspiracional que, actuando como la conciencia de la nación estadounidense, exigió a aquella sociedad el fin de la discriminación contra la población negra, de origen africano. Es difícil ver u oír aquel discurso sin conectar con su causa.

Ahora bien, esta imagen inspiracional de Martin Luther King se ha construido a costa de olvidar y hacer olvidar a otro Martin Luther King, el Martin Luther King real, que veía esta discriminación como resultado de unas relaciones de poder basadas en una explotación, no solo de raza, sino también de clase social. Se ha silenciado que Martin Luther King (a partir de ahora MLK) fue un socialista que, sin lugar a dudas, hubiera sido muy crítico con las sucesivas políticas, tanto domésticas como internacionales, llevadas a cabo durante todos estos años por los gobiernos federales, incluyendo la Administración Obama.

MLK estuvo en contra de la guerra del Vietnam, como hubiera estado en contra de las guerras de Irak y Afganistán, y no solo por su pacifismo, sino también por su antimilitarismo y antiimperialismo. Definió al gobierno de EEUU como “el máximo agente de violencia hoy en el mundo… gastándose más en los instrumentos de muerte y destrucción que en programas sociales vitales para las clases populares del país”. Era profundamente anticapitalista, como consta en su discurso de que “deberíamos denunciar a aquellos que se resisten a perder sus privilegios y placeres que vienen junto a los beneficios adquiridos de sus inversiones, extrayendo su riqueza a través de la explotación”.

Y en 1967 condenó con toda contundencia los tres diablos que –a su parecer- “caracterizaban al sistema de poder estadounidense, a saber, el racismo, la explotación económica y el militarismo”, acentuando que “las mismas fuerzas que consiguen enormes beneficios a través de las guerras son las responsables de la enorme pobreza en nuestro país” (todas estas notas proceden del excelente artículo de Michael Parenti “I Have a Dream, a Blurred Vision”, 29.08.13).

Y su último discurso, en apoyo de las reivindicaciones de los trabajadores de los servicios de saneamiento que estaban en huelga, concluyó con la famosa frase de que “la lucha central en EEUU es la lucha de clases”. Dos semanas más tarde fue asesinado, sin que nunca se haya aclarado tal hecho. Una persona fugitiva de la cárcel de Missouri, James Earl Ray, fue acusado de asesinarle. Fue detenido en el aeropuerto de Heathrow, en Londres, con gran cantidad de dinero en su posesión. Nunca se aclaró quién dio ese dinero.

MLK fue un socialista radical en sus análisis y en sus propuestas

Una cosa es que MLK fuera la conciencia de EEUU, exigiendo que no se discriminara a los negros, petición con un fuerte contenido moral al cual era difícil oponerse. Pero otra cosa muy distinta y amenazante para la estructura de poder era subrayar que el origen de la pobreza y discriminación (que incluye también a amplios sectores de la clase trabajadora blanca, además de la negra, pues la mayoría de pobres en EEUU son blancos) requiera un cambio revolucionario (por muy no violento que sea) de las estructuras capitalistas de aquel país. Y la elección del Presidente Obama prueba, precisamente, la certeza del diagnóstico de MLK. Hoy el Presidente de EEUU es un afroamericano, lo cual, no hay ninguna duda, es un gran adelanto. Pero la pobreza entre negros (y entre blancos) en EEUU no ha cambiado desde entonces.

De ahí la enorme hostilidad del establishment estadounidense, del cual la Policía Federal, FBI, fue un elemento clave, dirigida por una de las figuras más nefastas de la historia de EEUU, J. Edgar Hoover (definido por el famoso periodista Russell Baker, del New York Times, como un “tirano patético”) que había intentado convencer al Fiscal General del Estado Federal, Robert Kennedy, “de que el cerebro de los negros era un veinticinco por ciento más pequeño que el de los blancos”. Era cercano políticamente al senador segregacionista de Carolina del Sur, Strom Thurmond, e intentó por todos los medios desacreditar al movimiento antisegregacionista y a sus dirigentes, gran número de los cuales eran socialistas y comunistas. En realidad, fueron los sindicatos, y muy particularmente, el sindicato del automóvil, el UAW (United Automobile Workers) los que financiaron en gran parte tal marcha. Y a la izquierda de MLK en la marcha estaba Walter Reuther, su secretario general, socialista y blanco. Una tercera parte del cuarto de millón en la marcha de Washington eran blancos, gran número de ellos sindicalistas y miembros de partidos de izquierda. El eslogan de la marcha era “libertad, justicia y trabajo”. Y el organizador de la marcha, Asa Philip Randolph, era el sindicalista afroamericano más conocido en EEUU, dirigente del sindicato ferroviario (Paul Le Blanc, “Revolutionary Road, Partial Victory. The March on Washington for Jobs and Freedom”, Monthly Review, Sept 2013).

Y cuando el Presidente Kennedy, a instancias de Hoover, jefe del FBI, puso como condición para que él apoyara la marcha, que despidiera del liderazgo a aquellos radicales que estaban en puestos de dirección, MLK se negó. La presión de la calle era tal que el Presidente Kennedy decidió a última hora apoyar la marcha, recibiendo a MLK en la Casa Blanca. Y el obispo católico de Washington, Patrick O’Boyle, amenazó con no participar en la marcha a no ser que los discursos (que se habían distribuido con antelación) se moderaran.

Últimas observaciones. En 1986, el día del nacimiento de MLK fue declarado fiesta nacional cada año. Pero en esta captura de la imagen popular de MLK se ha transformado deliberadamente su mensaje y figura para reciclarlo como una figura inspiracional, conciencia del país, a favor de los derechos civiles de la población afroamericana (con especial hincapié en su poder de votar), olvidándose deliberadamente del MLK real, que pidió un cambio profundo, no solo en las relaciones de raza, sino también de clase social. De esto último ni se habla.

La historia se repite: las campañas de Jesse Jackson

Yo tuve la oportunidad de experimentar una situación parecida durante mi participación en la campaña electoral del Reverendo Jesse Jackson (que estaba con MLK cuando fue asesinado), en las primarias a las elecciones del candidato presidencial del Partido Demócrata. En respuesta a su invitación, fue senior advisor (asesor especial) en su campaña del 1984, y más tarde en la del 1988. En 1984, y en contra de mis consejos, se presentó como la voz de la minoría negra, exigiendo su incorporación a la sociedad americana. En aquella campaña, el establishment liberal estadounidense (cuyo mayor portavoz era y es The New York Times) escribió un editorial enormemente positivo acerca de su candidatura. La razón de que yo desaconsejara esta estrategia, sin embargo, era fácil de entender. Un representante de los intereses de una minoría difícilmente podría alcanzar el apoyo mayoritario de la población votante. Presentarse como el candidato de una minoría defendiendo primordialmente los intereses de tal minoría, no era la mejor manera de ganar el apoyo de la mayoría, para ser Presidente de los EEUU.

En 1988, sin embargo, no se presentó como la conciencia de EEUU o la voz de los negros, sino la voz de la clase trabajadora de EEUU. Y cuando los medios le preguntaron cómo él –negro- obtendría el voto del trabajador blanco, contestó: “haciéndole ver que tiene más en común con un obrero negro, por ser obrero, que con su patrón (boss) porque sea blanco”. Cuando se suman todos los colores (negro, blanco, amarillo, gris, etc.) la clase trabajadora de EEUU es la mayoría de la población. En un discurso de clase, movilizó las bases del Partido Demócrata (que están más a la izquierda que su dirección), y consiguió el 40% de todos los delegados en el congreso del Partido Demócrata. Nunca antes, ni después, las izquierdas en EEUU tuvieron tanto poder desde los años 50. Y The New York Times escribió un editorial muy negativo diciendo que Jesse Jackson, en caso de ser elegido, destruiría EEUU, es decir, su EEUU.

La lección de esta situación es clara. La estructura de poder deriva su enorme influencia de su poder de clase (así como género y raza). Y no permite que se toque ese poder, derivando las legítimas demandas de fin de discriminación de género y raza, reciclándolas (incluyendo elementos de tales grupos discriminados dentro de la estructura de poder) para poder adaptarlos a la estructura social dominante. Existe hoy un Presidente afroamericano y una clase media negra que no existían antes, lo cual es motivo de celebración. Pero el estándar de vida de la mayoría de negros y blancos (pertenecientes a la clase trabajadora) no ha mejorado durante todo este periodo. Así de claro.