La otra sentimentalidad, Luis García Montero

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El viejo oficio de la literatura se ha basado siempre en la fascinación. Muchos son sus recursos. La poesía quizá, su mejor truco; ese que nunca falla. Algo así como la última copa en una de esas noches en las que uno no acaba de irse. Poeta y lector se reconfortan llorando la resaca de sus propias lágrimas, sin atreverse a poner en duda los poemas, evidentes y fieles, como hermosos actos de complicidad. Y eso siempre da resultado (o al menos así nos lo enseñaron), porque cuando alguien hace referencia a la poesía, alguien se pone a hablar de sí mismo.

¿Y tú me lo preguntas? Poesía soy yo. Es la verdadera respuesta que ha permanecido latente en la historia de nuestra literatura; lo demás nos lo han repetido con demasiada frecuencia: la poesía es confesión directa de los agobiados sentimientos, expresión literal de las esencias más ocultas del sujeto. Por ello todas sus afirmaciones se hacen rápidamente generales y se citan con la seguridad del que se sabe en un género donde no es posible la mentira. Es ésta una verdad familiar, aprendida en las mesas camilla, que se nos presenta franca y aleccionadora como el sentido común. Será por eso por lo que debemos empezar a sospechar: todos los estafadores traen consigo la dulce sonrisa de la caridad.

Dentro de la literatura española fue Garcilaso el primero que hizo de su intimidad una aventura definitiva. Frente a la servidumbre feudal de la Edad Media, la burguesía incipiente ofreció una subjetividad desacralizada, capaz de autodefinirse, dependiente sólo de sus propios sentimientos. Más allá de la interpretación teológica, más allá del vasallaje aparecía una moral distinta, con sus propias necesidades. Y la poesía jugó un papel decisivo en la delimitación de esa nueva humanidad laica: de ahí su primer carácter revolucionario y la definición que posteriormente ha mantenido en cuanto género.

Pero las cosas cambian, ya se sabe, al ritmo de la historia. En una sociedad fuertemente industrializada no existe un lugar cómodo para los asuntos gratuitos, es decir, para las prácticas que no tienen una utilidad inmediata. Dentro de las ciudades modernas los poetas se han visto abocados al ruidoso carnaval de la marginación, construyendo con su propia miseria su grandeza. Gentes extrañas, ciudadanos al margen del utilitarismo social del lenguaje, los poetas apostaron por sus peculiaridades, haciendo de la literatura un ideal de vida, y en consecuencia, del vitalismo, una de las características fundamentales de la poesía moderna.

Así, respetando la mitología tradicional del género (lo poético como el lenguaje de la sinceridad), surgieron dos caminos aparentemente muy diferenciados, pero que son en realidad las dos cabezas de un mismo dragón: la intimidad y la experiencia, la estilización de la vida o la cotidianización de la poesía. Unas veces el sagrado pozo del poeta sale a la luz en sílabas contadas; otras, es la vida diaria —esta inquilina embarazosa— la que se hace poema. Y siempre como telón de fondo la vieja sensibilidad, que se ofrece a la literatura o que recibe su visita, abandonada a la azarosa fortuna de la inspiración.

Pero si olvidamos los encantos de la ingenuidad como base de la actitud crítica, si escogemos una postura inquisidora que levante la cabeza por encima de los mitos, del sentido común y de sus falsas evidencias, comprenderemos que el poema es también una puesta en escena, un pequeño teatro para un solo espectador que necesita de sus propias reglas, de sus propios trucos en las representaciones. La fundación mítica del yo sensible, cimiento de la moral burguesa, utiliza la poesía para reproducirse precisamente por su irrealidad.

En un poema siempre hay muchas más cosas que la originalidad de un poeta, aunque éste no sea consciente de ello. Nunca una mentira se ha repetido tanto y con tanta sinceridad.

Sin embargo, cuando se acepta el distanciamiento como método de trabajo el poema deja de ser la respuesta sensible a una motivación empírica (o al menos deja de ser sólo eso). Para darse totalmente a un discurso, para imprimirle un sentido nuevo hay que verlo primero desde lejos. Y esto es importante, casi definitivo, puesto que sólo cuando uno descubre que la poesía es mentira —en el sentido más teatral del término—, puede empezar a escribirla de verdad. Mientras tanto es excesiva la servidumbre que nos impone.

Veamos pues: en principio es preciso aceptar que la literatura es una actividad deformante, y el arte de hacer versos, un hermoso simulacro. Lo dijo Diderot: «Detrás de cada poesía hay un embuste». Más recientemente lo poetizó Gil de Biedma en un texto imprescindible, El juego de hacer versos. No nos preexiste ninguna verdad pura (o impura) que expresar. Es necesario inventarla, volverla a conformar en la memoria.

Y de ahí su importancia histórica, su nueva importancia. Cuando la poesía olvida el fantasma de los sentimientos propios se convierte en un instrumento objetivo para analizarlos (quiero decir, para empezar a conocerlos). Entonces es posible romper con los afectos, volver sobre los lugares sagrados como si fueran simples escenarios, utilizar sus símbolos hasta convertirlos en metáforas de nuestra historia.

Pero no simplemente eso. Romper la identificación con la sensibilidad que hemos heredado significa también participar en el intento de construir una sentimentalidad distinta, libre de prejuicios, exterior a la disciplina burguesa de la vida. Como decía Machado, es imposible que exista una poesía nueva sin que exprese definitivamente una nueva moral, ya sin provisionalidad ninguna. Y no importa que los poemas sean de tema político, personal o erótico, si la política, la subjetividad o el erotismo se piensan de forma diferente. Porque el futuro no está en los trajes espaciales ni en los milagros mágicos de la ficción científica, sino en la fórmula que acabe con nuestras propias miserias. Este cansado mundo finisecular necesita otra sentimentalidad distinta con la que abordar la vida. Y en este sentido la ternura puede ser también una forma de rebeldía.

Javier Egea, Álvaro Salvador y Luis García Montero, La otra sentimentalidad, Granada, Don Quijote, 1983, pp. 9-15.

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“La verdad”, Luis García Montero

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“La verdad”, Luis García Montero. Artículo publicado en infoLibre 1/3/2014.

Caminaba por la calle Fuencarral. Acababa de salir de un acto sobre Europa, o sobre la realidad europea, o sobre los peligros del sentimiento antieuropeo, o sobre las mentiras del mundo que hemos creado. Muchas de las palabras oídas me habían parecido también mentirosas. De pronto me encontré con unos músicos callejeros, tres violines y un violonchelo, que estaban tocando a Beethoven. Me asaltó un repentino y agudo sentimiento de verdad.

La gente dudaba, volvía la cabeza, se detenía un momento, para seguir después con su prisa. De vez en cuando alguien echaba una limosna en el plato que los maestros habían colocado en el suelo. Porque sin duda eran maestros, tocaban muy bien, uno podía imaginar largas horas de estudio y conservatorio en algún país del Este. En un margen de la calle, ahora ocupaban casi el lugar de los mendigos, pero seguían concentrados en la solemne dignidad de su música mientras la realidad caminaba con prisa hacia otras soledades y otros asuntos.

Cuando uno se atreve a utilizar la palabra verdad saltan todas las alarmas. Enseguida protestan los miedos, el daño de los dogmas, los sermones, la conciencia de que sólo existen puntos de vista, la sabiduría contrastada de que la realidad es una materia flexible, líquida, dependiente de cada interpretación. Todo eso está muy bien, pero si escribo esta columna es porque sentí que la verdad de Beethoven y de aquellos músicos callejeros merecía en mí una segunda oportunidad. Como ocurre con algunos libros, algunos cuadros, algunos argumentos, a veces coinciden las cosas, lo que es, lo que vemos y lo que sentimos, y de nosotros un deseo de afirmación.

¿Nos atrevemos a afirmar? La cultura dominante lleva años invitándonos al descrédito. Tener una convicción parece cosa del pasado, un hecho característico de otras épocas peligrosas, cuando las ideas eran capaces de alterar el mundo y acabar en revoluciones, odios ciegos, banderas sangrientas y campos de concentración. No es que ahora falten la sangre, la muerte y la injusticia, pero las ideas que justifican su perpetuo dominio se han convertido en una rutina, en normas que llenan el aire de nuestras habitaciones y la tela nuestros bolsillos, y no hacen otro ruido que el de la gente que pasa.

La duda razonable ante el poder de los dogmas se ha transformado en el poder del cinismo, el relativismo, el nada tiene importancia porque no existe la verdad, y todo es una farsa, y la representación parece inseparable de la mentira, y las convicciones son un equipaje molesto para la prisa que nos lleva a nuestro comedor, o al escaparate de la próxima tienda, o a la fiesta oscura de nuestra soledad. No hay tiempo para reconocer la sorpresa de los músicos.

Aceptar un sentimiento de verdad suele ponernos en un compromiso. Resulta difícil dejar de comprometerse con una verdad, cerrar los ojos ante aquello que nos interpela y nos afecta porque ya forma parte de nosotros, porque une lo que somos a las condiciones de la realidad. Y tampoco están los tiempos para compromisos, así que es mejor renunciar a la verdad, al sí o al no que se meditan con la lentitud de cualquier aprendizaje, por ejemplo, del solfeo o la armonía. Sobran los vínculos, sobra el peso de un abrazo que pretenda convertirse en algo más que la flor de un instante. Sobra el esfuerzo.

Supongo que dentro de la sensación de verdad que me asaltó en la calle había algo más que la música de Beethoven. Supongo que allí vi representado el esfuerzo de unos músicos, su afán durante años por dominar un instrumento. Supongo que vi también el compromiso de cuatro personas con una vocación malaventurada. Supongo que necesité darle la razón a la palabra verdad porque aquella belleza no enmascaraba, no suprimía las realidades feas, me obligaba a mirar un mundo precario en el que las palabras Bethoveen, Europa, maestro, esfuerzo, compromiso y convicción eran situadas en el lugar de la mendicidad, en los márgenes de una prisa cotidiana que ya no desea convertirse en relato. Supongo, además, que me sentí viejo ante el mundo que pasaba de largo y consideré más patético disfrazarme de joven que aceptar la miseria de mis esfuerzos, mis compromisos y mis convicciones.

Cuenta la leyenda que Bethoveen gritó en una ocasión “mi música es para esa gente”, porque quiso defender la dignidad del pueblo frente a los ritos de la nobleza. En la calle Fuencarral, muy cerca de las putas de la calle Carretas, sentí que la música mendiga de un violonchelo y tres violines era para mí. Es la verdad.

LA POESÍA

La poesía es inútil, sólo sirve
para cortarle la cabeza a un rey
o para seducir a una muchacha.

Quizás sirve también,
si es que el agua es la muerte,
para rayar el agua con un sueño.
Y si el tiempo le otorga su única materia,
posiblemente sirva de navaja,
porque es mejor un corte limpio
cuando abrimos la piel de la memoria.
Con un cristal partido,
el deseo
hace heridas más sucias.

La poesía eres tú
un corte limpio,
una raya en el agua
-si es que el agua es razón de la existencia-,

la mujer que se deja seducir
para cortarle la cabeza a un rey.

García Montero, Luis. Completamente viernes. Barcelona; Ed. Tusquets, 1998.