Invitación a la vida, Rafael Laffón

SURREALISMOPasan las aguas por el cauce
y no terminan de pasar;
mas si de un agua no bebimos
nunca aquel agua tornará.

Y mientras corre el tiempo y llega
la hora feliz que imaginamos,
se va la vida, huyendo siempre,
cual se va el agua entre las manos…

Gocemos hasta marchitarlas
todas las flores del camino,
ya que el dolor jamás perdona
ni un paso de nuestro destino.

Gocemos la vida, gocemos…
¿Quién del mañana gozará?
Gocemos hasta embriagarnos
con una absurda saciedad.

Y aunque de luz se abrase el alma,
presto vayamos a la luz…
¡No hay más que al fin de los caminos,
sobre una lápida, la cruz!

RAFAEL LAFFÓN ZAMBRANO nació en Sevilla en 1895.

Su padre, José Manuel Laffón Fernández, fue un tiempo súbdito francés y, por cuestiones sociales y laborales, se nacionalizó español. Fue Director de la Casa de Socorro de Triana. Su madre, Victoria Zambrano, era una típica mujer de la clase media española de la época, religiosa y dedicada plenamente a su familia; decía Rafael de ella que era de una belleza inigualable.

Estudió en su ciudad derecho y filosofía y letras, licenciándose en la primera. Residió siempre en Sevilla, llevando una existencia retraída y alejada de los vaivenes políticos como funcionario técnico de la administración. Colaboró en numerosas revistas y periódicos españoles e hispanoamericanos y su poesía ha sido traducida a distintos idiomas. Fundó en 1926, en Sevilla, la revista “Mediodía”.

Su poesía está caracterizada por el intimismo, aunque siempre interesado por la poesía popular, desde 1936 evolucionó hacia las formas tradicionales, cambio especialmente visible a partir de 1944, con dos temas dominantes: el religioso y la exaltación de Sevilla.

Su primer libro es “Cráter” (1921), algo afín todavía al Modernismo. “El sol desaparecido” (1922-1924), inédito hasta 1997, presenta ya atisbos vanguardistas. “Signo +” (1927) e “Identidad” (1934) son ya plenamente vanguardistas. Tras la Guerra Civil vuelve a las formas clásicas: sonetos, romances, décimas, practicando una especie de impresionismo musical y colorista Obras de este periodo son “Romances y madrigales” (1949),”Adviento de la angustia! (1948) o “Cantar del Santo Rey” aparecido en 1948.

En 1959 consigue el Premio Nacional de Literatura por su antología “La rama ingrata”.

Su última época se inicia con el libro “Vigilia del jazmín” (1952), cuando práctica una poesía de testimonio personal y existencial, dejando el grácil retoricismo anterior. Esta fase se completa con “La cicatriz y el reino” (1964), “A dos aguas” (1962) y “Sinusoides y puzzle” (1970).

Durante los diez años siguientes no publicó ningún libro de versos, pero descubre un nuevo tema esencial para su obra: su amor a Sevilla, ciudad que encontraría en él uno de sus fervorosos cantores.

Rafael Laffón, a diferencia de otros miembros de la Generación del 27 que se vieron forzados al exilio, nunca abandonó su ciudad natal. En su obra había dos pasiones irrenunciables: la poesía y Sevilla. Esa decisión de permanecer acabaría afectando al alcance y reconocimiento de su obra, ya que la obra de Laffón no ha alcanzado ni la difusión ni el reconocimiento que por su importancia merece, a pesar de haber sido una de las figuras más importantes de la poesía sevillana durante cincuenta años, aunque se le considera hoy día como el exponente de la evolución de la poesía española contemporánea.

En los últimos años de su vida, una trombosis de la que nunca consiguió recuperarse le retuvo en su casa, en la calle Cardenal Spínola, donde recibía a jóvenes escritores que buscaban consejo. Le sorprendió la muerte el 4 de noviembre de 1978.

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