Poemas ilustrados de Miguel Hernández

 

 

 

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Cuando paso por tu puerta, Miguel Hernández

Cuando paso por tu puerta,
la tarde que viene a herir
con su hermosura desierta
que no acaba de morir.

 

Tu puerta no tiene casa
ni calle: tiene un camino,
por donde la tarde pasa
como un agua sin destino.

 

Tu puerta tiene una llave
que para todos rechina.
En la tarde hermosa y grave,
ni una sola golondrina.

 

Hierbas en tu puerta crecen
de ser tan poco pisada.
Todas las cosas padecen
sobre la tarde abrasada.

 

La piel de tu puerta, ¿encierra
un lecho que compartir?
La tarde no encuentra tierra
donde ponerse a morir.

 

Lleno de un siglo de ocasos
de una tarde azul de abierta,
hundo en tu puerta mis pasos
y no sales a tu puerta.

 

En tu puerta no hay ventana
por donde poderte hablar.
Tarde, hermosura lejana
que nunca pude lograr.

 

Y la tarde azul corona
tu puerta gris de vacía.
Y la noche se amontona
sin esperanzas de día.

El niño yuntero, Miguel Hernández

“Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas.”  Miguel Hernández

 

 

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
resuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

“Umbrío por la pena”, Miguel Hernández

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Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

Umbrío: Dicho de un lugar: Donde da poco el sol.  // Parte de terreno en que casi siempre hace sombra, por estar expuesta al norte.

Bruno: De color negro u oscuro.

Mucho se ha comentado sobre el tópico de las tres heridas: la vida, la muerte y el amor. A pesar de todo, es mi parecer que las heridas hernandianas son cuatro, esta cuarta es sin duda la pena. La pena del poeta presente en cada momento de su vida, la pena de no haber sido todo lo que él deseaba ser: dramaturgo idolatrado. La fiera herida de Miguel se desangra en la deslumbrante pena sin consuelo, alusiones a la pena que solamente en El rayo se repite 20 veces. O mejor dicho aún, en palabras del recién desparecido Arturo del Hoyo (2003, 36-37): «su fuerza herida, su desoladora lástima de sí mismo […] sentía la pena pegada a su cuerpo como natural vestido, como un perro fiel e inevitable». La pena es tradición en la poesía, en Gustavo Adolfo Bécquer: «Pasó la nube de dolor […] con pena / logré balbucear breves palabras […]»,  Y más hallaremos si investigamos.

(Simbología secreta de «El rayo que no cesa» de Miguel Hernández, Ramón Fernández Palmeral)