Desde la Torre, Francisco de Quevedo

Francisco Q.

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh gran don Iosef!, docta la imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudios nos mejora.

Josef Antonio González de Salas, el intelectual más cercano a Quevedo durante estos años finales, que le está ayudando a recopilar su obra poética, afirma que “algunos años antes su prisión última, me envió este excelente soneto desde la Torre”.

Quevedo fue poseedor de una enorme cultura y de un extraordinario conocimiento de la literatura clásica.

Su sobrino y heredero Pedro Alderete, en el prólogo de Las últimas musas castellanas, anota de su trabajo y dedicación diaria: “Su sabiduría fue conocida de todos, así antes como después de su muerte; y no sólo se valió la luz, capacidad e ingenio que Dios le dio, sino de sumo trabajo. Tenía una mesa con ruedas para estudiar en la cama; para el camino libros muy pequeños; para mientras comía, mesa con dos tornos, de lo cual son buenos testigos los mesmos instrumentos que están hoy en mi casa, en la villa de la Torre de Juan Abad”.

Torre de Juan Abad

                                                              Web Torre de Juan Abad.org

El abad italiano Pablo Antonio de Tarsia relata en la primera biografía del poeta, impresa en 1663, que visitó la casa del satírico en la Torre de Juan Abad el año 1658, poco después de su muerte. Allí pudo ver muchos papeles originales, obras y documentos, antigüedades y objetos de uso particular del escritor. De los datos que nos proporciona, se advierte en Quevedo la silueta de un hombre muy sobrio, pero que estudiaba y leía con tenaz constancia. Afirma su biógrafo que “no solo no desperdició momento de tiempo, antes le quitaba a las ocupaciones precisas, y necesarias, para emplearle en leer libros, y en hacerlos. Sazonaba su comida, de ordinario muy parca, con aplicación larga y costosa; para cuyo efecto tenía un estante con dos tornos, a modo de atril, y en cada uno cabían cuatro libros, que ponía abiertos, y sin más dificultad que menear el torno, se acercaba el libro que quería, alimentando a un tiempo el entendimiento y el cuerpo… Tenía una mesa larga que cogía el ancho de la cama, con cuatro ruedas en los pies, para llegársela con facilidad, despertando la noche para estudiar, y en ella muchos libros prevenidos, y pedernal, y yesca para encender la luz… Saliendo de la Torre de Juan Abad para ir a la Corte, o a otra parte, y en todos los viajes, que se le ofrecieron, llevaba un museo portátil, de más de cien tomos de libros de letra menuda, que cabían todos en una bisazas… Fue tan aficionado a libros, que apenas salía alguno, cuando luego le compraba… Juntó número de libros tan considerable, que pasaba de cinco mil cuerpos…” (Fundación Francisco Quevedo)

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“Es amarga la verdad”, Francisco de Quevedo (1580 – 1645)

 

caperucita_Anton Semenov

Pues amarga la verdad,
Quiero echarla de la boca;
Y si al alma su hiel toca,
Esconderla es necedad.
Sépase, pues libertad
Ha engendrado en mi pereza
La Pobreza.

¿Quién hace al tuerto galán
Y prudente al sin consejo?
¿Quién al avariento viejo
Le sirve de Río Jordán?
¿Quién hace de piedras pan,
Sin ser el Dios verdadero
El Dinero.

¿Quién con su fiereza espanta
El Cetro y Corona al Rey?
¿Quién, careciendo de ley,
Merece nombre de Santa?
¿Quién con humildad levanta
A los cielos la cabeza?
La Pobreza.

¿Quién los jueces con pasión,
Sin ser ungüento, hace humanos,
Pues untándoles las manos
Les ablanda el corazón?
¿Quién gasta su opilación
Con oro y no con acero?
El Dinero.

¿Quién procura que se aleje
Del suelo la gloria vana?
¿Quién siendo toda Cristiana,
Tiene la cara de hereje?
¿Quién hace que al hombre aqueje
El desprecio y la tristeza?
La Pobreza.

¿Quién la Montaña derriba
Al Valle; la Hermosa al feo?
¿Quién podrá cuanto el deseo,
Aunque imposible, conciba?
¿Y quién lo de abajo arriba
Vuelve en el mundo ligero?
El Dinero.

Si eres campana ¿dónde está el badajo?, Quevedo. Notas para el comentario de textos

miriñaque

                                                                                                  

Si eres campana, ¿dónde está el badajo?;
si pirámide andante, vete a Egito
si peonza al revés, trae sobrescrito; 
si pan de azúcar, en Motril te encajo.

 

Si chapitel, ¿qué haces acá abajo?
Si de diciplinante mal contrito
eres el cucurucho y el delito,
llámente los cipreses arrendajo.

 

Si eres punzón, ¿por qué el estuche dejas?
Si cubilete, saca el testimonio;
si eres coroza, encájate en las viejas.

 

Si büida visión de San Antonio,
llámate doña Embudo con guedejas;
si mujer, da esas faldas al demonio.

Vocabulario:

1.-  peonza: juguete de madera con forma de triángulo invertido que se hace bailar.

2.- sobrescrito: lo que se escribía en el sobre o en la parte exterior de un pliego cerrado, para dar la dirección.

3.- pan de azúcar: azúcar congelado y unido en un molde redondo, que va subiendo en disminución hasta el remate. Motril tenía  fama por sus panes de azúcar..

4.- chapitel: remate de las torres o capitel de columna.

5.- diciplinante: persona que se disciplina públicamente en las procesiones de Semana Santa.

6.- contrito: arrepentido por haber ofendido a Dios.

7.- cucurucho : capirote cónico de penitentes y disciplinantes.

8.- arrendajo: imitación, copia imperfecta de algo.

9.- testimonio: prueba, justificación y comprobación de la verdad de una cosa.

10.- coroza: “cierto género de capirote o cucurucho que se pone en la cabeza por castigo”. Los jueces condenaban a las viejas alcahuetas a llevar “corozas” o por otro nombre “mitras”.  En Quevedo abundan las referencias a las viejas “encorozadas”.

11.- büida: aguzada, avivada.

12.- visión de San Antonio: probablemente se refiera a la visión que tuvo San Antonio del niño Jesús y que podría asociarse a la tríada Padre-Hijo-Espíritu Santo que se representa tradicionalmente con forma de triángulo.

13.- guedeja : mechón, porción de pelo.

Notas para el comentario:

Se trata de un poema satírico-burlesco, editado en  El Parnaso español (1648), en que Quevedo critica el uso del guardainfante, muy de moda entre las damas del siglo XVII .

Según el diccionario de  Autoridades, el guardainfante es  «Cierto artificio muy hueco, hecho de alambres con cintas, que se ponían las mujeres en la cintura, y sobre él se ponían la basquiña  (falda)»

El soneto de Quevedo retoma un tema en el que ya se había insistido mucho en periodos anteriores: el artificio en la belleza femenina. La idea de la bondad y hermosura de todo lo natural creado por Dios, así como el ideal platónico de belleza como reflejo de lo divino,  entra en clara contradicción con el uso de afeites y otros artificios a los que eran aficionadas muchas mujeres.

Baste recordar el conocido soneto de Bartolomé Leonardo de Argensola:

Yo os quiero confesar, don Juan, primero,
que aquel blanco y color de doña Elvira
no tiene de ella más, si bien se mira,
que el haberle costado su dinero.

 

Pero tras eso confesaros quiero
que es tanta la beldad de su mentira,
que en vano a competir con ella aspira
belleza igual de rostro verdadero.

 

Mas ¿qué mucho que yo perdido ande
por un engaño tal, pues que sabemos
que nos engaña así Naturaleza?

 

Porque ese cielo azul que todos vemos,
ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande
que no sea verdad tanta belleza!  
  

La virulencia con que Quevedo aborda el tema está en la línea de otros muchos poemas satíricos que dedicó a las mujeres.

Estructura

El soneto está compuesto por catorce versos endecasílabos de rima consonante ABBA, ABBA, CDE, DCE. Como es habitual, los versos se organizan en cuatro estrofas: dos cuartetos  y dos tercetos.

Todo el poema sigue una estructura paralelística:

Con la anáfora “Si”  se plantean una serie de  hipótesis en que se identifica a la mujer con objetos que tienen una forma parecida al guardainfante. Tras la proposición condicional, se formula una pregunta o  una frase imperativa.

Las metáforas insisten siempre en la forma acampanada, de la que surge el cuerpo de la mujer: campana, pirámide, peonza, pan de azúcar, capitel, cucurucho de disciplinante, punzón y estuche, cubilete, coroza, embudo. Sólo en el último verso aparecen los términos reales de todas las metáforas:  mujer y falda.

Hasta el último verso el poeta finge no saber lo que tiene ante los ojos. Su “falsa duda” parece reproducir la desconfianza barroca de la percepción de la realidad a través de los sentidos. Se trata, no obstante, de un puro juego conceptual, de una muestra de agudeza consistente,  en palabras de Gracián, “en exprimir la correspondencia que se halla entre las cosas”.

“Poderoso caballero es don Dinero”, Francisco de Quevedo


Madre, yo al oro me humillo,
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo.
Que pues doblón o sencillo
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Nace en las Indias honrado,
donde el mundo le acompaña;
viene a morir en España,
y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
es hermoso, aunque sea fiero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Es galán, y es como un oro:
tiene quebrado el color;
persona de gran valor,
tan cristiano como moro;
que pues da y quita el decoro
y quebranta cualquier fuero,
poderoso caballero
es don dinero.

Son sus padres principales,
y es de nobles descendiente,
porque en las venas de Oriente
todas las sangres son reales.
Y pues es quien hace iguales
al duque y al ganadero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Por importar en los tratos
y dar tan buenos consejos
en las casas de los viejos
gatos le guardan de gatos;
y, pues él rompe recatos
y ablanda al juez más severo,
poderoso caballero
es don dinero.

Nunca vi damas ingratas
a su gusto y afición,
que a las caras de un doblón
hacen sus caras baratas;
y pues hace las bravatas
desde una bolsa de cuero,
poderoso caballero
es don dinero.

“Érase un hombre a una nariz pegado”, Francisco de Quevedo

A UN HOMBRE DE GRAN NARIZ

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce Tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.

(Notas para el comentario de materialesdelengua.org)

“A  un hombre de gran nariz”  es la caricatura poética de una nariz de la que se realzan sus defectos por medio de expresiones hiperbólicas. El soneto, que tiene una estructura paralelística, es una acumulación de metáforas (A es B) y dilogías (Uso de una palabra con dos significados distintos dentro del mismo enunciado.).

Sayán: falda grande que cae acampanadamente hacia el suelo.

Escriba: alusión al mundo judaico. Los escribas eran los intérpretes de la ley de Dios en el judaísmo. La nariz era ancha como el sayán y grande e inclinada como la espalda de alguien que está escribiendo.

Peje: Pez. La nariz era larga como un pez espada, pero con muy grandes aletas (barbas=pelos) en la punta. A su vez, la palabra peje está tomada también en este otro sentido: peje=mal sujeto. El verso indica que era una nariz enorme de la que asomaban pelos; pero también era la nariz de una mala persona.

Un reloj de sol porque de su cara salía la nariz como una barra larga (o gnomon) del reloj de sol; pero era un reloj de sol está mal encarado si no le da el sol: el rostro del narigón era, pues, sombrío. Mal encarado significa también que tiene mala cara.

Alquitara: alambique. Utensilio con un gran tubo por el que fluye el líquido destilado. Pensativa incide en la imagen del objeto encorvado hacia el suelo.

Un elefante boca arriba. Este verso tiene también dos sentidos. Se trata de una nariz monstruosamente grande como un elefante con las patas arriba; pero simultáneamente, el narigudo era como una elefante por encima de la boca.

Ovidio Nasón era un famoso poeta latino de la familia de los Nasones. Naso en latín significa “nariz”.

Espolón es la punta en que remata la proa de una nave (DRAE)

Las doce Tribus. Extraordinaria hipérbole, pues da a entender que la nariz equivalía a la suma de las narices de los miembros de las doce tribus de Israel. Popularmente, se atribuye a los judíos la peculiaridad de tener la nariz grande.

En la cara de Anás. Tan grande era la nariz que resultaría ofensiva aun si se pusiera en el rostro de un judío chato. Quevedo juega con la falsa etimología de “A-nas”, “sin nariz”. A propósito de este dato, hay que recordar que el poeta fue declarado antisemita.

¡Ah de la vida!, Francisco de Quevedo

                                Salvatore Rosa (1615-1673), La fragilidad humana

(Represéntase la brevedad de lo que se vive y cuán nada parece lo que se vivió)

 

«¡Ah de la vida!»… ¿Nadie me responde?

¡Aquí de los antaños que he vivido!

La Fortuna mis tiempos ha mordido;

las Horas mi locura las esconde.

¡Que sin poder saber cómo ni adónde

la Salud y la Edad se hayan huido!

Falta la vida, asiste lo vivido,

y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue; Mañana no ha llegado;

Hoy se está yendo sin parar un punto:

soy un fue, y un será, y un es cansado.

En el Hoy y Mañana y Ayer, junto

pañales y mortaja, y he quedado

presentes sucesiones de difunto.

Quevedo, Parnaso español (1648)

Quevedo y las mujeres: del amor al odio o viceversa

Autor: Ignacio   Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Publicado en:

Diario de   Navarra

¿Es don Francisco de Quevedo un misógino, como dicen muchos de sus críticos, un antifeminista, enemigo acérrimo de las mujeres? Leyendo su obra satírica lo menos que se puede decir es que no parece tenerles mucha confianza. Las mujeres, eternas enemigas del hombre, tienen el mismo oficio que los verdugos. Deshonestas, adúlteras, rapiñadoras y mentirosas, nunca se puede asegurar su fidelidad salvo en la tumba: así yace una tal Helvidia Pada en rica sepultura con su marido, que «por tenerla solo, aunque enterrada, / al cielo agradeció su desventura». Toda aparente decencia es falsa: una dama cortesana se retrata en actitud muy respetable, adornada de diamantes aunque es «por dentro más blanda que la cera», y con un gracioso perrito faldero «siendo sus faldas tales de ruines / que aún no las guardarán treinta mastines».

El falseamiento esencial se refleja en la afición a los cosméticos y postizos, que intentan en vano ocultar los estragos de la edad, pero incluso las hermosas caen en la aberración de su exceso, como la dama descrita en el poema «Hermosa pintada de demonio» que cubre su belleza con pringues y mixturas venenosas: «y en esa tez que brota primaveras, / al sol estás y al cielo estercolando».

De todos los tipos femeninos que retrata Quevedo en esta poesía (todos negativos), el más atacado es el de la vieja, que concentra en extremo todos los defectos de la mujer. La «Comisión contra las viejas» desarrolla todo un variado catálogo de estas «fantasmas acecinadas, / siglos que andáis por las calles, / muchachas de los finados, / y calaveras fiambres». Las pretensiones juveniles dan pie al rechazo y a la burla más crueles, como sucede en el soneto «Vieja vuelta a la edad de las niñas»:

 ¿Para qué nos persuades eres niña?
¿Importa que te mueras de viruelas?
Pues la falta de dientes y de muelas
boca de «taita» en la vejez te aliña.

O a descripciones grotescas como la de la dueña Quintañona del Sueño de la Muerte «con una cara hecha de un orejón; los ojos en dos cuévanos de vendimiar; la frente con tantas rayas y de tal color y hechura, que parecía planta de pie; la nariz en conversación con la barbilla, que casi juntándose hacían garra; la boca a la sombra de la nariz, de hechura de lamprea, sin diente ni muela, con sus pliegues de bolsa a lo simio, y apuntándole ya el bigote de las calaveras en un mostacho erizado; la cabeza con temblor de sonajas y la habla danzante; unas tocas muy largas sobre el vestido negro, esmaltando de mortaja la tumba; los ojos haciendo aguas y en el pico de la nariz columpiándose una moquita, por donde echaba un tufo de cementerio».

En semejante mundo el amor no desempeña ningún papel. El amante satírico se dedica a su dama menos que a la comida: «Pídola para el camino / si me despide mi dama; / mas si a mi ventana llama / después de comer asomo», y su gran preocupación es impedir que la mujer, siempre pedigüeña, le saque los dineros, pues, como dice uno de ellos: «Yo estoy en mi juicio y en mi seso /y estimo más un cuarto que no un beso».
La visión negativa de la mujer implica el tajante rechazo del matrimonio, como se argumenta en «Riesgos del matrimonio en los ruines casados»: «Antes para mi entierro venga el cura / que para desposarme»; allá se van matrimonio y suicidio: «a los hombres que están desesperados / cásalos en lugar de darles sogas: / morirán poco menos que ahorcados». La mujer es la carga principal del matrimonio, pero no la única: le acompañan tías, cuñados, hijos y sobre todo suegra; el casado que soporta semejante penitencia es digno de ser canonizado, como se sugiere para el protagonista de otro soneto, «un hombre casado y pobre»:

Diez años en su suegra estuvo preso,
a doncella, y sin sueldo, condenado;
padeció so el poder de su cuñado;
tuvo un hijo no más, tonto y travieso;

fue mártir, porque fue casado y pobre;
hizo un milagro, y fue no ser cornudo.

Esta visión tan peyorativa, con su complacencia en los aspectos más crueles y desagradables, esta radicalización quevediana, se ha explicado por causas diferentes. Unos la atribuyen a los complejos de un poeta cojo, miope y feo, enamoradizo pero temeroso de la mujer, que reacciona agresivamente como autodefensa; otros la conectan con una conciencia cristiana y temor del pecado que remiten a la figura de Eva, madre pecadora de la humanidad; otros han llegado a sugerir una homosexualidad latente que se manifiesta en el ataque a la mujer; otros a la experiencia personal de su amancebamiento con la Ledesma y su fracasado matrimonio con la madura señora de Cetina…

[De Wikipedia:     …lleva una vida privada algo desordenada de solterón: fuma mucho, frecuenta las tabernas (Góngora le achaca ser un borracho consumado y en un poema satírico se le llama don Francisco de Quebebo) y frecuenta los lupanares, pese a que vive amancebado con una tal Ledesma. Sin embargo, es nombrado incluso secretario del monarca, en 1632, lo que supuso la cumbre en su carrera cortesana. Era un puesto sujeto a todo tipo de presiones: su amigo, el Duque de Medinaceli, es hostigado por su mujer para que lo obligue a casarse contra su voluntad con doña Esperanza de Mendoza, señora de Cetina, viuda y con hijos, y el matrimonio, realizado en 1634, apenas dura tres meses.]

Todo eso es seguramente gratuito; lo principal que habría que tener en cuenta es que la sátira contra la mujer es tradicional y que no hay modo de escribir sátira en el Siglo de Oro sin la burla misógina. Quevedo tiene tal fuerza expresiva que nos parece el más violento, pero esa violencia no es siempre tan ideológica como estilística; lo mismo sucede si nos fijamos en su sátira contra taberneros, pasteleros, escribanos o ministros corruptos.

Y además, hay que completar el panorama: pues Quevedo no solo escribió contra las mujeres. También escribió poemas de amor y retratos femeninos de idealizada belleza, lo cual no significa que necesitara estar enamorado para escribirlos. No sabemos, en resumen, cuáles fueron los verdaderos sentimientos personales de don Francisco, pero en todo caso, si se busca la imagen de la mujer y del amor en su obra, no estará de más poner al lado de sus diatribas sus poemas de elogio y de amor, como el soneto que para Dámaso Alonso era el mejor soneto de amor de la literatura española: el poeta acepta que la muerte acabará con la luz de sus ojos, que su alma será trasladada más allá del río Leteo -el río de los muertos y del olvido-, que su cuerpo se deshará en polvo, pero el amor persistirá «constante más allá de la muerte»:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte en la ribera,
dejará la memoria en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado,
serán ceniza, mas tendrá sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado.