“Mi corazón me recuerda “, Jaime Sabines

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Mi corazón me recuerda que he de llorar  
por el tiempo que se ha ido, por el que se va.  

Agua del tiempo que corre, muerte abajo,  
tumba abajo, no volverá.  

Me muero todos los días  
sin darme cuenta, y está  
mi cuerpo girando  
en la palma de la muerte  
como un trompo de verdad.  

Hilo de mi sangre, ¿quién te enrollará?  

Agua soy que tiene cuerpo,  
la tierra la beberá.  

Fuego soy, aire compacto,  
no he de durar.  

El viento sobre la tierra  
tumba muertos, sobre el mar,  
los siembra en hoyos de arena,  
les echa cal.  

Yo soy el tiempo que pasa,  
es mi muerte la que va  
en los relojes andando hacia atrás.  

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“La luna”, Jaime Sabines

La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía.
Un pedazo de luna en el bolsillo
es mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
para ser rico sin que lo sepa nadie
y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir.

Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas.