[PDF] Cien años de soledad, Gabriel García Márquez

arte naif, 12                                   

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Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos…

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Adiós a Gabriel García Márquez

El escritor colombiano Gabriel García Márquez ha fallecido este jueves a los 87 años en su domicilio en la Ciudad de México.

Nació en Aracataca en 1928, en el hogar de Gabriel Eligio García, telegrafista y de Luisa Santiaga Márquez Iguarán. Siendo muy niño fue dejado al cuidado de sus abuelos maternos, el Coronel Nicolás Márquez Iguarán -su ídolo de toda la vida- y Tranquilina Iguarán Cortés.

En 1936, cuando murió su abuelo, fue enviado a estudiar a Barranquilla. En 1940, viajó a Zipaquirá, donde fue becado para estudiar bachillerato. En 1946 terminó el bachillerato. Al año siguiente se matriculó en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional y editó en diario “El Espectador” su cuento, “La primera designación”. En 1950, escribió una columna en el periódico “El Heraldo” de Barranquilla, bajo el seudónimo de Séptimus y en 1952, publicó el capítulo inicial de “La Hojarasca”, -su primera novela en ese diario- en el que colaboró desde 1956.

En 1958, se casó con Mercedes Barcha. Tienen dos hijos, Rodrigo y Gonzalo.
El 11 de diciembre de 1982, después de que por votación unánime de los 18 miembros de la Academia Sueca, fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura.
Algunas de sus obras son La Hojarasca, El Coronel no Tiene Quien le Escriba, Los Funerales de Mamá Grande, Cien Años de Soledad, El Otoño del Patriarca, Crónica de una Muerte Anunciada, y otras más.

[descarga PDF] El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez

MarkRyden

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Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro.

Encontró el cadáver cubierto con una manta en el catre de campaña donde había dormido siempre, cerca de un taburete con la cubeta que había servido para vaporizar el veneno.

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[descarga PDF] Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez

Reloj-Arena

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El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. «Siempre soñaba con árboles», me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato. «La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros», me dijo. Tenía una reputación muy bien ganada de interprete certera de los sueños ajenos, siempre que se los contaran en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos sueños de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las mañanas que precedieron a su muerte.

[PDF] Relato de un náufrago, G. García Márquez : Propuesta de lectura EDU.365.CAT con actividades interactivas

relato de un naufrago                                 Clica sobre la imagen

  • Relato de un náufrago (1970) no fue concebido como un texto literario, sino como un reportaje periodístico sobre un hombre, Luis Alejandro Velasco, que sobrevivió a un naufragio y estuvo a la deriva durante diez días en el mar Caribe en una balsa salvavidas.
  • La publicación por entregas del reportaje en el periódico El Espectador, de Bogotá, en 1955, provocó un gran alboroto público, ya que evidenciaba por un lado la existencia de contrabando ilegal en un buque de la armada colombiana, y por otro que este tráfico ilegal fue la verdadera causa de la muerte de siete marineros y del naufragio de Velasco. El reportaje ocasionó problemas políticos a su autor, por los que tuvo que abandonar su país.

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G.G. Márquez ante la demanda judicial de Luis Alejandro Velasco

                 Quince años después de publicado el relato en El Espectador, la editorial Tusquets de Barcelona lo publicó en un libro de pastas doradas, que se vendió como si fuera para comer. Inspirado en un sentimiento de justicia y en mi admiración por el marino heroico, escribí al final del prólogo: «Hay libros que no son de quien los escribe sino de quien los sufre, y éste es uno de ellos. Los derechos de autor, en consecuencia, serán para quien los merece: el compatriota anónimo que debió padecer diez días sin comer ni beber en una balsa para que este libro fuera posible».

                   No fue una frase vana, pues los derechos del libro fueron pagados íntegros a Luis Alejandro Velasco por la editorial Tusquets, por instrucciones mías, durante catorce años. Hasta que el abogado Guillermo Zea Fernández, de Bogotá, lo convenció de que los derechos le pertenecían a él [por ley], a sabiendas de que no eran suyos, sino por una decisión mía en homenaje a su heroísmo, su talento de narrador y su amistad.

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             La demanda contra mí fue presentada en el Juzgado 22 Civil del Circuito de Bogotá. Mi abogado y amigo Alfonso Gómez Méndez dio entonces a la editorial Tusquets la orden de suprimir el párrafo final del prólogo en las ediciones sucesivas y no pagar a Luis Alejandro Velasco ni un céntimo más de los derechos hasta que la justicia decidiera. Así se hizo. Al cabo de un largo debate que incluyó pruebas documentales, testimoniales y técnicas, el juzgado decidió que el único autor de la obra era yo, y no accedió a las peticiones que el abogado de Velasco había pretendido. Por consiguiente, los pagos que se le hicieron hasta entonces por disposición mía no habían tenido como fundamento el reconocimiento del marino como coautor, sino la decisión voluntaria y libre de quien lo escribió. Los derechos de autor, también por disposición mía, fueron donados desde entonces a una fundación docente.

 (Gabriel García Márquez, Vivir para Contarla.)