“Umbrío por la pena”, Miguel Hernández

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Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

Umbrío: Dicho de un lugar: Donde da poco el sol.  // Parte de terreno en que casi siempre hace sombra, por estar expuesta al norte.

Bruno: De color negro u oscuro.

Mucho se ha comentado sobre el tópico de las tres heridas: la vida, la muerte y el amor. A pesar de todo, es mi parecer que las heridas hernandianas son cuatro, esta cuarta es sin duda la pena. La pena del poeta presente en cada momento de su vida, la pena de no haber sido todo lo que él deseaba ser: dramaturgo idolatrado. La fiera herida de Miguel se desangra en la deslumbrante pena sin consuelo, alusiones a la pena que solamente en El rayo se repite 20 veces. O mejor dicho aún, en palabras del recién desparecido Arturo del Hoyo (2003, 36-37): «su fuerza herida, su desoladora lástima de sí mismo […] sentía la pena pegada a su cuerpo como natural vestido, como un perro fiel e inevitable». La pena es tradición en la poesía, en Gustavo Adolfo Bécquer: «Pasó la nube de dolor […] con pena / logré balbucear breves palabras […]»,  Y más hallaremos si investigamos.

(Simbología secreta de «El rayo que no cesa» de Miguel Hernández, Ramón Fernández Palmeral)
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