Rafael Alberti, “A galopar”

guerra civil española

Las tierras, las tierras, las tierras de España,
las grandes, las solas, desiertas llanuras.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo,
al sol y a la luna. ¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar! A corazón suenan, resuenan, resuenan
las tierras de España, en las herraduras.
Galopa, jinete del pueblo,
caballo cuatralbo,
caballo de espuma. ¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie;
que es nadie la muerte si va en tu montura.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo,
que la tierra es tuya.

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

cobardeEste es uno de los poemas que Alberti recitó a los soldados republicanos durante la guerra civil que asoló España entre 1936 y 1939. Poco después, perdida ya la guerra, Alberti confeccionaría una lista de nombres que gozaron del  asilo político de la embajada chilena y que dejaba fuera al que, hasta hacía poco, había sido su amigo, Miguel Hernández. 

Reproduzco aquí parte del artículo “Dos poetas en guerra: Rafael Alberti y Miguel Hernández” de José Luis Ferris, doctor en Literatura Española por la Universidad de Alicante, a propósito de la enemistad entre los dos poetas al final de la contienda civil.  Que cada cual extraiga sus propias conclusiones.

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“Amigos, intelectuales de la misma generación literaria y miembros del Partido Comunista (en el que Miguel Hernández entró de la mano de Rafael Alberti y de su mujer, María Teresa León), la relación entre los dos poetas se fue agriando a lo largo de la Guerra Civil hasta el punto de que, más allá de pasar temporadas sin dirigirse la palabra, el gaditano dejó fuera a Miguel de la lista que, en los estertores de la contienda y con los peores augurios para el bando que ya se perfilaba como perdedor, confeccionaron él y su mujer para solicitar asilo en la Embajada de Chile. No lo incluyeron ni, en otra clara muestra de las desavenencias entre ambos, el matrimonio Alberti-León le invitó a acompañarles en el vehículo que recogió a la pareja en Madrid para trasladarles hasta Monóvar, última sede del Gobierno de la República. 

soldadosLas diferentes posturas de ambos ante la contienda (Miguel Hernández fue proclamado «poeta del pueblo» mientras Alberti era abucheado por unos milicianos en la sierra de Madrid) y la distinta procedencia social de cada uno (el cabrero frente al burgués) ahondaron en un distanciamiento que estalló en febrero de 1939, unos días después de que Antonio Machado fuera enterrado en Collioure y apenas un mes antes del fin de la guerra. Miguel Hernández, que en esos momentos se encontraba en Madrid, se acercó a la sede madrileña de la Alianza de Intelectuales para interesarse por sus compañeros y a su llegada al Palacio de los marqueses del Heredia-Spínola (incautado para servir de base a los artistas que apoyaban la República) se encontró con los preparativos de una fiesta que sus compañeros habían organizado como homenaje a la mujer antifascista. Mucho era lo que el poeta de Orihuela había callado a lo largo de esos tres años de guerra, durante aquellas noches en que llegaba abatido del frente y trataba de dormir algunas horas con la música de fondo de aquellos bailes de disfraces y aquellas «travesuras y algazaras» con las que sus compañeros libraban su batalla contra la muerte.
La fiesta fue motivo suficiente para que Miguel no siguiera silenciando las desavenencias entre el «poeta del pueblo» y los intelectuales de «mono planchado y pistolas de juguete», según la definición de Juan Ramón Jiménez, quien en su libro Guerra en España no se anduvo con tibiezas al escribir, años después, que «los poetas no tenían convencimiento de lo que decían. Eran señoritos, imitadores de guerrilleros, y paseaban sus rifles y sus pistolas de juguete por Madrid, vestidos con monos azules muy planchados. El único poeta, joven entonces, que peleó y escribió en el campo y en la cárcel, fue Miguel Hernández…».
Indignado por ese ambiente festivo de resabio burgués mientras que él y otros combatientes se seguían jugando el tipo en el frente, Miguel se dirigió a Alberti y le espetó en voz alta y delante de otros intelectuales: «¡Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta!», frase de la que, lejos de retractarse, a lo que le conminó Alberti, escribió en una pizarra por si alguien no la había escuchado. Con una bofetada que aseguran que hizo caer al poeta respondió María Teresa León, quien como organizadora de la fiesta se sintió directamente aludida. Los dos amigos dejaron de serlo en ese momento.” 

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http://www.diarioinformacion.com/dominical/2010/06/13/poetas-guerra-rafael-alberti-miguel-hernandez/1018548.html

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