El mito de Dédalo e Ícaro

                               Dédalo coloca las alas a Ícaro, Mathias Stomer

Dédalo es el prototipo del artista universal, a la vez arquitecto, escultor e inventor de recursos mecánicos. Dédalo trabajaba en Atenas, donde tenía por discípulo a su sobrino Talo, hijo de su hermana Pérdix. Talo se mostró sumamente hábil, hasta el punto de llegar a despertar los celos de Dédalo; y el día en que el muchacho, inspirándose  en la mandíbula de una serpiente, inventó la sierra, el maestro lo precipitó desde lo alto de la Acrópolis. Pero el crimen fue descubierto y Dédalo fue condenado.

Desterrado, el artista huyó a Creta, junto al rey Minos, llegando a ser su arquitecto y escultor habitual. Para él construyó el Laberinto, palacio de complicados corredores donde el rey encerró al Minotauro. Después cuando Ariadna quiso salvar a Teseo, que había venido a combatir con el monstruo, la doncella pidió a Dédalo la manera de ayudarle. Éste le inspiró la astucia que salvó al héroe al aconsejarle que le diese un ovillo de hilo que había de permitirle, desenrrollándolo a medida que avanzase, volver luego sobre sus pasos. Minos,  al conocer el éxito de Teseo y el ardid de que se había valido, encarceló en el Laberinto a su cómplice Dédalo, junto con su hijo Ícaro. Pero Dédalo se fabricó unas alas para sí y otras para su hijo, las pegó con cera y los dos huyeron volando.

Antes de partir, Dédalo había recomendado a Ícaro que no se remontase con exceso ni volase demasiado bajo. Pero Ícaro, lleno de orgullo, no atendió los consejos de su padre; se elevó por los aires, y se acercó tanto al Sol que la cera se derritió y fue precipitado al mar. Este mar, desde entonces, se llamó mar de Icaria.

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