“Afrancesados, los patriotas ilustrados acusados de traición”

Extraído de Público.es (Cultura): “Afrancesados, los patriotas ilustrados acusados de traición”

                                                                    Fernando VII

Un castillo y una renta anual de cuatro millones de reales. Ése fue el precio que, a principios de mayo de 1808, Fernando VII puso al trono de España. Abdicó a favor de su padre, Carlos IV, quien a su vez revendió la corona a Napoleón a un precio bastante más caro: treinta millones anuales y protección en territorio galo.

 Calos IV

De esta forma, las rencillas borbónicas acabaron por poner en manos de los Bonaparte la soberanía española. José I, el hermano de Napoleón, fue proclamado rey, pero aún debía convencer a sus súbditos. Supo que no sería fácil: “Yo tengo por enemigo a una nación de 12 millones de almas, bravas, irritadas hasta lo indecible”, confesó al emperador por carta. Era verdad… o casi.

José I, impuesto por su hermano Napoleón I de Francia después de invadir España y hacer renunciar a Carlos IV en 1808. Gobernó en la España ocupada por los franceses y en sus dominios sin el reconocimiento de las Cortes ni de la América española, con el título de Rey de las Españas y de las Indias, por la gracia de Dios y por la Constitución del Estado.

A pesar de que la historia de este periodo se ha escrito en términos de una supuesta unanimidad patriótica antifrancesa, existió un círculo de políticos, intelectuales y funcionarios españoles que se pusieron de parte del “rey intruso”. Era un grupo minoritario, pero muy significativo: los denominados afrancesados.

Muchos ofrecieron su lealtad por conveniencia, en un intento de medrar personalmente o simplemente de sobrevivir. Mayoritariamente fueron funcionarios del Estado a los que José I obligó a jurar lealtad -unos dos millones de personas- y que accedieron por temor a perder su empleo o por las posibles represalias.

Pero otros apoyaron al nuevo monarca por convicción. Ejercieron un colaboracionismo activo y prestaron toda su ayuda a José I y su proyecto político. El núcleo de este grupo era el partido josefino, que estaba formado por los ilustrados de los tiempos de Carlos III, aquellos que habían tratado de traer las luces y la razón a España. Convencidos de los ideales ilustrados, pero temerosos de una revolución al estilo francés, apostaban por una vuelta al “reformismo sereno” liderado por un rey que impulsase la modernidad. En José I vieron su oportunidad.

La tercera vía

Los josefinos se convirtieron en la tercera vía, una alternativa intermedia entre absolutistas y liberales. No podían alinearse con los primeros por temor a una vuelta al Antiguo Régimen que cerrase la puerta a las reformas que creían necesarias. Además, consideraban a los Borbones una dinastía perjudicial dispuesta a ceder parte del territorio a cambio de conservar el poder.

Por otra parte, la opción liberal no era más cercana. Coincidían en muchos puntos, pero los afrancesados creían que debía ser un sistema monárquico el que trajese la Ilustración, pues cualquier revolución significaría la anarquía. Temían los vientos jacobinos tanto o más que los borbónicos. En definitiva, se configuraron como una opción patriótica y razonable que, además, evitaría el conflicto armado.

Sin embargo, y a pesar de los continuos esfuerzos propagandísticos, los afrancesados fracasaron al intentar dar a conocer su proyecto. Los españoles no vieron diferencia entre franceses y afrancesados y acabaron granjeándose la animadversión de todos. Para los absolutistas fueron traidores y para los liberales “infieles al naciente estado nacional”.

Hasta el siglo XX, el término no perdió su matiz peyorativo. Entre sus filas se contaron escritores como Leandro Fernández de Moratín, José Antonio Llorente o Meléndez Valdés, además de numerosos intelectuales, miembros del clero medio, de la nobleza y casi la totalidad de las logias masónicas.

Todos vieron en José I la modernidad sin sangre a cambio de una invasión que consideraban transitoria. Pero no era fácil decidirse: ¿Apostar por la modernidad o unirse al pueblo? Goya o Jovellanos estuvieron entre los indecisos. Al final, odiados por pueblo, liberales y absolutistas, los afrancesados cayeron en desgracia. Según las cifras de López Tabar, unos 12.000 se exiliaron junto a su “rey filósofo”.

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