“Mira, Zaide, que te aviso”, Lope de Vega versus Elena Osorio

Los primeros días de 1588 (Lope de Vega tiene 25 años recién cumplidos) los pasa nuestro escritor en la cárcel. Había sido detenido el 29 de diciembre anterior, en el Corral de la Cruz, durante una representación. Y lo había sido a petición del director de teatro Jerónimo Velázquez, quien le acusaba de ser autor de una serie de libelos en los que se difamaba al propio Velázquez y a sus deudos. ¿Quién era este Velázquez y en qué relación estaba con Lope de Vega?

En los últimos años del siglo XVI vivía en Madrid, a la entrada de la calle de Lavapiés, este Jerónimo Velázquez, famoso actor, con su familia: su mujer, Inés Osorio, y sus hijos, Damián y Elena. Damián era abogado, de cierta nombradía, y desempeñó cargos en las Indias. Elena se había casado en 1576 con otro comediante, Cristóbal Calderón. Parece que, al regreso de la expedición a las Azores, Lope se enamoró rendidamente de Elena Osorio. No es probable que sea éste el primer amor, pero la pasión de Lope por Elena fue intensa, vehemente. Lope no escatimó los elogios ni los poemas, que podrían constituir un verdadero Cancionero amoroso. Elena es siempre designada bajo el nombre de Filis. La pasión debió ser tumultuosa y repentina, a juzgar por las palabras de La Dorotea  -1632- (donde en sustancia se cuenta este episodio): «No sé qué estrella propicia a los amantes reinaba entonces que apenas nos vimos y hablamos cuando quedamos rendidos el uno al otro». […]

Al lado de sus prendas corporales de gran belleza, las cualidades espirituales parece que no iban retrasadas. Lope elogia las dotes de Elena cumplidamente. En La Dorotea, a una pregunta sobre la hermosura de la dama, dice:
FELIPE.- En fin, vistes esa Dorotea. ¿Es muy hermosa?
FERNANDO.- Eso quisiera que me preguntáredes, porque parece que la naturaleza destiló todas las flores, todas las yerbas aromáticas, todos los rubíes, corales, perlas, jacintos y diamantes, para confeccionar esta bebida de los ojos y este veneno de los oídos.
FERNANDO.- Esto, en cuanto al paramento visible; que el talle, el brío, la limpieza, la habla, la voz, el ingenio, el danzar, el cantar, el tañer diversos instrumentos, me   cuesta dos mil versos. Y es tan amiga de todo género de habilidades que me  permitía apartar de su lado para tomar lección de danzar, de esgrimir y de las matemáticas, y otras curiosas ciencias; que en entrambos era virtud,  estando tan ciegos.
Los amores de Lope y Elena no debieron ser obstaculizados por el marido de ella. Cristóbal Calderón estaba siempre ausente, y ni siquiera figura en el proceso que los familiares de Elena provocaron contra las difamaciones del despechado Lope. El amorío tuvo, como es natural, sus altibajos y sus diversas facetas. Unas veces, Lope se soñaba marido de Elena, otras reaccionaba con evidente furia celosa. De todos modos, el apasionado vivir de los amantes se quebró (aunque, si hemos de creer el relato de La Dorotea, tan exacto en otros extremos, Lope siguió disfrutando de los favores de Elena, entregada a un nuevo dueño «oficial», durante algún tiempo, por lo menos). Quizá la causa de la ruptura estuvo en la demasiada popularidad que sus amores alcanzaban, ya que absolutamente todo cuanto entre la pareja ocurría era de inmediato convertido en poema por Lope.
[De Jose Manuel Blecua en su edición a la Lírica de Lope de Vega, Editorial Castalia, pág. 12) : “Y como Lope era incapaz de guardar la menor discreción, todo el mundo sabía sus preocupaciones amorosas, plasmadas en bellísimos romances y sonetos. Fueron precisamente los romances de Belardo y Filis y, sobre todo los de Zaide y Zaida los que divulgaron por el canto todos los incidentes amorosos, tanto que alguno, como el que comienza “Mira Zaide que te aviso”, han llegado hasta nuestros días en la tradición oral. Los amantes se habían convertido, como dice el propio Lope, en “fábula de la corte …]

                                                 “Mira, Zaide,  que te aviso”

           9  [Segundo qvaderno de varios romances los mas modernos que hasta hoy se han cantado […] impreso en Valencia en casa de los herederos de Ioan Nauarro, junto al molino de la Rouella. Año 1593]

(1)En la Dorotea dice Fernando: “Díjome un día con resolución que se acababa nuestra amistad, porque su madre y deudos la afrentaban, y que los dos éramos ya fábula de la corte, teniendo yo no poca culpa, que con mis versos publicaba lo que sin ellos no lo fuera tanto” Ac IV, esc. I

La familia de Elena  parece que había tolerado las relaciones mientras Lope componía comedias para Jerónimo Velázquez, y en tanto que no impidiese que Elena tuviera otros amantes de más guarnecida bolsa, como el indiano don Bela, de La Dorotea, realmente don Francisco Perrenot de Granvela, sobrino del cardenal de este nombre. Como fuere, a fines de 1587, corrieron por Madrid unos poemas (uno en castellano y otro en latín macarrónico) altamente ofensivos para la familia Velázquez. Ésta incoó el proceso y Lope, como hemos dicho al comenzar, fue encarcelado.

“Una dama se vende a quien la quiera.

En almoneda está. ¿Quieren compralla?

Su padre es quien la vende, que aunque calla,

Su madre la sirvió de pregonera.”

(Joaquín de Entrambasaguas, “Los famosos libelos contra unos cómicos de Lope de Vega”, en Estudios sobre Lope de Vega, III , Madid, 1958, pág. 71)

Durante la marcha del proceso, Lope de Vega negó tranquilamente ser el autor de tales libelos, disculpándose o atribuyéndoselos a otros, como, por ejemplo, el poema latino al licenciado Ordóñez, antiguo compañero en los estudios de la Compañía, ya muerto por esa fecha. Y tal vez continuaba, desde la cárcel, escribiendo injuriosas líneas para todos los Velázquez y Osorios. Los ultrajados volvieron a quejarse, y los jueces intervinieron. La celda de Lope, la noche del 7 al 8 de febrero de 1588, fue registrada y recogidos sus papeles: «Yo quiero bien a Elena Osorio -dijo al ministro de la Justicia encargado de hacer el registro- y le di las comedias que hice a su padre, y ganó con ellas de comer, y por cierta pesadumbre que tuve, todas las que he hecho después se las he dado a Porres, y por esto me sigue; que si yo le diera mis comedias no se querellara de mí».

Oídos los testigos, el Tribunal condenó a Lope a «cuatro años de destierro de esta Corte, y cinco leguas (no le quebrante, so pena de serle doblado) y en dos años de destierro del reino, y no le quebrante, so pena de muerte». Después de la segunda denuncia de Jerónimo Velázquez, alusiva a que Lope sigue ofendiéndolos desde la cárcel, los alcaldes dan nuevo fallo: «Confirman la sentencia de vista en grado de revista con que los cuatro años de destierro de esta corte y cinco leguas sean ocho demás de los dos del reino, y los salga a cumplir desde la cárcel los ocho de la corte y cinco leguas, y los del reino dentro de los quince días; no los quebrante, so pena de muerte los del reino y los demás, de servirlos en galeras al remo y sin sueldo, con costas…».

El amor con Elena Osorio ha muerto. Perdida la cabeza, se empeña en afrentar por todos los procedimientos a lo que más ha querido. Solamente reaparecerá, muchos años después, en la maravilla de La Dorotea, donde la nostalgia se entrecruza con la realidad y la fantasía, para dar ese libro excepcional, el único sobre el que Lope ha vuelto descansadamente y a distancia, sopesando cada vibración en él contenida. Y con el amor de Elena Osorio ha desaparecido una de sus grandes pasiones, la juvenil, impetuosa, arrolladora, en tantos extremos parecida a las sucesivas de Micaela de Luján o de Marta de Nevares, como ya veremos. Con esta última, las analogías son enormes, especialmente en la manera de ver a la mujer amada. De entre ellas, ha salido el tipo femenino retratado en La Dorotea, suma y recuerdo cariñoso de todos los amores, en el que se insinúa un tipo femenino de universal valía, cercano a la Laura del Petrarca, o a la Beatriz de Dante, si bien no llegue a plasmar dentro de la concreta rigidez en que éstas se refleja.

La mañana siguiente a la noche del registro en su celda, sale Lope a cumplir su condena. Sale de la cárcel y sale de Madrid. Acompañado, al parecer, del empresario Gaspar de Porres, y por algún amigo y colega de hazañas juveniles: Claudio Conde. Podríamos suponernos a Lope escarmentado, cansado de declaraciones judiciales y de enredos amorosos, dispuesto a marchar a su destierro y a conllevarlo de la forma más sosegada y plácida posible. Y vamos a tropezarle, por el contrario, en plena locura desbordada. Los azares se suceden violentamente, con todos los rasgos de una de sus comedias de capa y espada o de intriga. El Lope que va a cuestas con su condena, campo de Castilla abajo, con las amenazadoras conclusiones: el destierro, «no lo quebrante, so pena de muerte», aparece de inmediato quebrantándolo, y para raptar a una mujer, esta vez una mujer principal, como entonces se decía: doña Isabel de Urbina Alderete y Cortinas, hermana de don Diego de Ampuero y Urbina, que había sido regidor de Madrid y rey de armas de Felipe II (y Felipe III). Es probable que estuvieran en relaciones desde algo antes, quizá al sobrevenir la ruptura con Elena Osorio, y, en tal caso, Lope habría comprendido que la distinguida y linajuda familia Urbina no vería con buenos ojos el matrimonio, ni las relaciones siquiera, con un joven de sus cualidades y fama, y lograría persuadir a Isabel para que se dejase raptar, como solución oportuna. El proceso por el rapto se ha perdido, pero queda su registro en el Inventario de las causas criminales: «Lope de Vega, Ana de Atienza y Juan Chaves, alguacil, por el rapto de doña Isabel de Alderete». La familia denunció a Lope, como medida de urgencia, pero después debe de haber mediado un perdón, ya que en vez de seguir adelante el proceso nos encontramos con un matrimonio por poder, verificado en Madrid, en la parroquia de San Ginés, el día 10 de mayo de 1588. Es, pues, muy de suponer que Lope no se hubiese alejado mucho de Madrid, escasamente la distancia impuesta por la condena, y desde luego resulta evidente que violó la prohibición de regresar a la ciudad: que había quebrantado el destierro está comprobado documentalmente.

Fuente: Lope  de Vega, su vida y su obra, Alonso Zamora Vicente.

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