“Noche oscura”, San Juan de la Cruz

1. En una noche oscura,

 con ansias,  en amores inflamada

 ¡oh dichosa ventura!,

 salí sin ser notada,

 estando ya mi casa sosegada.

2. A oscuras y segura,

 por la secreta escala,  disfrazada,

 ¡Oh dichosa ventura!,

 a oscuras y en celada,  (a escondidas)

 estando ya mi casa sosegada.

 ♥

3. En la noche dichosa,

 en secreto, que nadie me veía,

 ni yo miraba cosa,

 sin otra luz y guía

 sino la que en el corazón ardía.

4. Aquésta me guiaba

 más cierto que la luz del mediodía,

 adonde me esperaba

 quien yo bien me sabía,

 en parte donde nadie parecía.

5. ¡Oh noche que guiaste!

 ¡Oh noche amable más que el alborada!

 ¡Oh noche que juntaste

 Amado con amada,

 amada en el Amado transformada!

6. En mi pecho florido,

 que entero para él sólo se guardaba,

 allí quedó dormido,

 y yo le regalaba,   (le acariciaba)

 y el ventalle de cedros aire daba. (el abanico de cedros)

7. El aire de la almena,

cuando yo sus cabellos esparcía,

 con su mano serena

 en mi cuello hería

 y todos mis sentidos suspendía.

8. Quedeme y olvideme,

 el rostro recliné sobre el Amado,

 cesó todo y dejeme,

 dejando mi cuidado

 entre las azucenas olvidado.

El poema concluye con el éxtasis de la amada, quien se ha liberado al fin de su ansiedad (cuidado) entre las blancas azucenas, símbolo de pureza. Literalmente se describe a una mujer que ha alcanzado la plenitud tras un encuentro sexual satisfactorio, si bien el poema debe leerse como una alegoría del camino que recorre el alma en su afán de unirse con Dios. Tal proceso consta, según los místicos de tres etapas: la vía purgativa, la vía iluminativa y la vía unitiva. En la primera, el alma se despega de las cosas terrenales por medio de la penitencia; en la vía iluminativa, medita sobre Dios, lo que  otorga una sabiduría iluminadora; en la vía unitiva, el alma se funde con la divinidad y experimenta un éxtasis que anula los sentidos. Tal es el proceso que recrea la Noche oscura del alma. Al principio del poema, la amada escapa de su casa, lo que significa que el alma se ha liberado del cuerpo para buscar a Dios. La huida se produce de noche, cuando la realidad sensible se ha esfumado en la oscuridad, lo que indica que el alma se ha despegado de las cosas del mundo, como es propio de la vía purgativa. La única luz que guía entonces es su amor a Dios, que acaba por derivar en una deslumbrante revelación, propia de la vía iliminativa. Al final, el alma logra encontrarse con su Amado, acariciarlo y gozar de su intimidad: es la fusión con Dios propia de la vía unitiva, en la que los sentidos quedan anulados y el alma se abandona (cesó todo y dejeme).

Notas a la edición de Poesía española,  de Vicens Vives.

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