Luces de Bohemia – Ramón del Valle-Inclán. Análisis de la obra

Primer esperpento de don Ramón María del Valle-Inclán, LUCES DE BOHEMIA apareció por primera vez en la revista España en 1920 (del 31 de julio al 23 de octubre). En libro con muy significativas variantes, en 1924. Con esta obra nace para la vida literaria un nuevo término retórico: esperpento. Una voz traída del hablar popular, que designa lo feo, lo ridículo, lo llamativo por escaparse de la norma hacia lo grotesco o monstruoso, servirá, de aquí en adelante, para designar un nuevo arte en el que no es difícil percibir los rasgos que designa esa voz.

Siempre que, por una u otra razón, nos hemos acercado al esperpento, la cita de los espejos del callejón del Gato ha sido forzosa:

“Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato. Los héroes clásicos reflejados en espejos cóncavos dan el Esperpento. Las imágenes más bellas, en un espejo cóncavo, son absurdas” (Esc. XII).

He aquí, transcrita, la cita inicial de lo que ya se ha convertido en un lugar común. Los espejos cóncavos como fuente de toda deformación, y los concretos espejos del callejón del Gato como recurso para explicar esa deformación en los que aún alcanzamos a ver, en la pared de una callejuela madrileña, los famosos espejos, reclamo de inocentes miradas, de burlas al pasar.

Pero ¿cómo reducir esos espejos a su justo lugar? ¿Es posible subordinar el nacimiento de una forma literaria a la condición previa de unos espejos? Digamos que no e intentemos razonarlo.

No hace falta una profunda exégesis para destacar que lo verdaderamente importante es la visión deformadora que devuelven tales espejos:

” El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada …; deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España.” (Esc. XII)

Desde sus primeros libros Valle cita a Goya,  pero es en LUCES DE BOHEMIA  donde el paralelismo se pone en evidencia. “El esperpentismo lo ha inventado Goya”. (Esc. XII).  Hay algunos de los dibujos goyescos, quizá los más conocidos, en los que es muy palpable la transformación: el petrimetre que, ante el espejo, ve su imagen trocada en la de un mono, la maja que, en igual situación, contempla una serpiente enredada a una guadaña; el militar trocado en gato enfurecido, de enhiestos bigotes, etc.

Sin embargo, el espejo es una coincidencia, y, como siempre, el resultado intelectual de una visión interior del artista. Más podrían valernos los numerosos casos de mezcla de formas humanas y animales que llenan las planchas de la serie de grabados (monos, aves, asnos, etc).

En la línea de la “parodia”

Pero no podemos detenernos únicamente en la explicación de los espejos para comprender la la concepción del esperpento como un todo armónico. De la lectura de LUCES DE BOHEMIA brota indudablemente un impreciso regusto de sainete, de zarzuela con tonillo de pleble madrileña y ademán desgarrado. Especialmente en en lo que atañe al idioma: voz de la calle madrileña, cultismo y argot reunidos; reencuentro con el léxico de sainete y el género chico.

Dentro de este género hay una variante de particular interés. Se trata de aquella preocupada fundamentalmente con la burla, la broma, aquella que coloca ante un imaginario espejo cóncavo las obras de cierta importancia. Había en esa literatura paródica algo muy próximo a la deformación grotesca del esperpento, lograda a fuerza de una consciente degradación, de un tozudo rebajamiento en la escala de valores. El genio de Valle-Inclán brilla al elevar un género de subliteratura a la categoría de arte.

Trasfondo real de la escena

Se cuenta en LUCES DE BOHEMIA  un dantesco viaje: la peregrinación nocturna de Max Estrella, andaluz hiperbólico, poeta de odas y madrigales, guiado por su alter ego, don Latino de Híspalis, por diversos lugares madrileños (librerías, tabernas, delegación de policía del Ministerio de la Gobernación, lugares de erotismo vergonzante, cafés de cierto renombre), hasta verle morir en el quicio oscuro de su propia casa. Todo el mundo está de acuerdo en que detrás de ese desventurado personaje se esconde la figura de Alejandro Sawa, poeta y escritor que muere ciego y loco, en Madrid, en 1909, dentro de la más escalofriante pobreza.

Citas, testimonios, recuerdos, alusiones, etc. nos traen al borde de las páginas de LUCES DE BOHEMIA una desalentadora verdad, la de la vida y peripecias de este sevillano grandilocuente y casi fantasmal, envenenado de literatura y de bohemia, cuya muerte en la miseria debió conmover hondamente a los jóvenes literatos, a los que luchaban denodadamente por un nombre, por la fama. Igualmente son reconocibles los personajes más destacados que se citan en la trama del esperpento. El librero Pueyo, editor del modernismo poético, que aparece bajo e nombre de Zaratustra; Rubén Darío, admirablemente retratado en su papel de gran sacerdote de una poesía deslumbradora que provocó grandes reacciones. Y Dorio de Gadex, el escritor y crítico que alcanzó una cierta fama, que vivió del sablazo y que murió ignorado, dentro de un olvido verdaderamente atroz y sin riberas. Y tantos más.  Desfile alucinante de gentes alicaídas, a las que la vida ha zarandeado como muñecos, como personajes de un gran guiñol, y que Valle resucita pasajeramente, desde un hondo rincón de la memoria, para enseñarlos, ejemplarmente, en lo que tienen de dolorido fracaso.

Y todos hablan con sabor de sainete, con la voz de la calle madrileña, empañada de nocturnidad, churros y aguardiente. Rasgada, violenta, exclamatoria, achulapada, a veces obscena, a veces orlada de poesía elemental, directa y conmovida.

LUCES DE BOHEMIA, sátira nacional

Toda la crítica que se ha encarado con LUCES DE BOHEMIA ha intentado destacar de una u otra manera el aire de queja, de protesta que el esperpento encierra.

El contorno al cual Valle ha vuelto su mirada, lejos de literaturas, era una España caduca, sin aliento, sin ética. Una España que era la caricatura de sí misma. Y la realidad maltrecha se desgrana entre amargores, dejando ver los perfiles rotos de los figurones políticos, de la trampa social, de la inmoralidad administrativa. Esa es la España que aparece en LUCES DE BOHEMIA, una España sorprendida en trance de ruina, en desmoronamiento irremediable.

De ahí el contínuo lamento que se desgrana página a página del libro. De esa críctica no se libra nada. Desde el monarca hasta el último plebeyo, el bohemio que no tiene asidero en la vida. Lo verdaderamente desolador del esperpento inicial es ese desfile claudicante de gentes sin meta, sin alientos ni futuro. Todo es una crujiente cáscara. Detrás de esa cáscara sobrenada el afán reformador de Valle-Inclán, el ansia de un “esto no puede seguir así, eso no sirve”. Es, sin duda, la primera gran obra literaria española contemporánea en que desaparece el héroe, en que se olvida lo biográfico o argumental, personal, para que una colectividad entera sea su personaje. De ahí ese repertorio múltiple y variopinto de sus héroes, procedentes de tantas escalas sociales, unos citados para ser puestos en sangrante evidencia, otros colocándose ellos mismos ante nuestros ojos con su egoísmo, su frivolidad, su palabrería vacua. Es una queja total, en la que se ve, por primera vez, una crítica colectiva.

El arte literario del esperpento

El esperpento supone una quiebra del sistema lógico y de las convenciones sociales. A veces, lo guiñolesco se superpone a lo personal y los hombres son vistos como fantoches; así don Latino “guiña el ojo, tuerce la jeta y desmaya los brazos como un pelele”. Otras lo humano es comparado  a lo animal – Rubén está como un cerdo triste – o viceversa, lo animal aparece humanizado :”Un ratón saca el hocico intrigante por un agujero”.

Pero el gran brillo, el prodigio permanente del esperpento es la deformación idiomática. Los personajes hablan desde ángulos que no son los acostumbrados en la lengua pulcra del arte modernista, la lengua del Valle-Inclán joven. Vamos a encontrarnos ahora con la desaparición de aquel pausado y comedido hablar, sometido a numerosas disciplinas, en el que venían manifestando las vidas artísticas, exquisitas, de sus primeros personajes. Ahora los héroes van a “hablar” sencillamente. No obstante, la lengua de LUCES DE BOHEMIA es, en conjunto, compleja, múltiple, capaz de dar idea de una plebe atiborrada de resabios literarios y de vida al borde de lo infrahumano. Es un habla donde hallan cabida, en apasionante conjunción, el habla pulida de la persona cultivada y la desmañada y vulgar de los desheredaos de dinero y espíritu.

Junto al retrato de personajes por su rictus lingüístico característico, llama poderosamente la atención la presencia de la lengua del arrabal madrileño. Un lenguaje al borde de las jergas, del habla críptica de taberna y delincuencia. Esa lengua refleja un determinado estadio sociocultural típico de esos años. Pío Baroja dio fe de ello al decir que “hablar en cínico y en golfo” era signo frecuente y nada escandalizador.

Esa preocupación por el habla coloquial, alejada de los primeros modernistas y de las exquisiteces en general, guió a la mayor parte de la creación teatral de principios de siglo. En LUCES DE BOHEMIA vemos desfilar el habla ocasional y viva de todos y cada uno de los hablantes: del ministro, del poeta excelso, del aristócrata y del tabernero. De todos, en fin. Detrás de ese nutrido repertorio de personajes del esperpento surge, de nuevo, la concepción social del arte, tan nueva en su momento, en la que vemos una insoslayable urgencia de “participar”, de estar en un aquí y en un ahora. Detrás de eso, surge, amenazadora, la vida aislada de las grandes ciudades, donde se comparten engañosamente las veinticuatro horas del día, pero donde resulta difícil hallar un co-latido próximo.

En esta literatura de los años veinte hay un afán de grotesco, de romper con los moldes tradicionales de un manera u otra. Es el mismo ánimo que lleva a la “greguería” o al “disparate” de Gómez de la Serna. Lo grotesco está presente en toda  la literatura.

La lengua de LUCES DE BOHEMIA

Fíjémonos a continuación en algunos rasgos concretos dentro del plano de la lengua. Nos encontramos todavía las rimas interiores (“periodista” y  “florista”, “luminoso” y “verdoso”, etc.) , al lado de las palabras de argot que delatan la vida auténtica, la que no está encadenada a normas, la violentamente sincera. De ahí los gitanismos (“mangue”, “pirante”, “mulé”) y las voces callejeras de la pobreza y el sufrimiento (“colgar” por empeñar, “beber sin dejar cortinas”, “dar el pan de higos”, “coger a uno de pipi”, “bebecua”, “hacer la jarra”, etc. ). De toda esa palabrería se desparrama un vivo madrileñismo: “hacer algo de incógnito”, extraída del lenguaje periodístico, con el sentido figurado de “no querer enterarse de algo, no importarle a uno nada”;  “papiro” por “billete de banco”; guindilla” por “guardia de orden público”; estár apré” o “estar afónico” por “no tener dinero”; “estar marmota” por “estar dormido”, etc.

Otro apartado lo integra la exageración, siempre  opuesta a la sufriente verdad “capitalista, banquero” al desarrapado o casi mendigo; “intendente” al que apenas dispone de un real; “palacio” a la buhardilla; llamar “intelectual” a un torero, etc.

También hallamos la tendencia a la reducción de las palabras, dejándolas en su primera mitad, que sirve para extremar la familiaridad con lo local y exagera la cercanía : La Corres por el periódico La Correspondencia de España; “propi” por propina”; pipi” por pipiolo”;  “jipi” por una clase de sombrero. Es igualmente madrileña la utilización de “lo cual” con un antecedente amplio. “Habrá que darle para el pelo. Lo cual que sería lástima”.

Redondea la impresión de la afectación barriobajera madrileña el uso frecuente de cultismos estridentes en medio de las palabras de ámbito plebeyo: ¡No “introduzcas” tú la pata, pelmazo! ; Yo me “inhibo”, etc.

El léxico madrileño surge con con pujanza insorteable. Veamos una breve lista ilustrativa: “apañar” (robar) “beatas” (pesetas) “cate” (golpe) “curda” (borracho) “gatera” (tunante, calavera), “panoli” (tonto, bobalicón), “pupila, tener pupila” (tener cuidado) “sombrerera” (cabeza), “vándalo” (bestia, bruto).

Son todos ellos rasgos que delatan la filiación madrileña en el habla, siempre con su regusto de popularismo, de sainete y de verbena.

LUCES DE BOHEMIA en la obra valleinclanesca

Valle-Inclán ha abandonado su antigua preocupación literaria, llena de erudición y preciosismo, una visión en ocasiones de biblioteca palatina, y ha descubierto la realidad marginada del vivir, la luz trágica de los atardeceres en un barrio cualquiera, en la esquina con la taberna, con esas gentes entristecidas que esperan, casi sin darse cuenta, la presencia tangible del milagro: el de sobrevivir.  Con ellos y entre ellos se deslizaba la vida empobrecida y amarga del cruce de dos siglos arrastrándose por los tugurios, las tertulias, las comisarías. Y detrás y por encima, la voz de Valle-Inclán ha sabido colocarnos, como resultado de su amarga queja,  contra una sociedad estúpida, suicida, frívola y no solidaria, no sólo una llamada a la ética ya la conducta sana, sino, sobre todo, una luz de eperanza, de mejoramiento, de fe en una convivencia.

ALONSO ZAMORA VICENTE

Anuncios

----------------------

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s