Romance de la pena negra, Lorca (Comentario de texto)

Todos los que conocieron y trataron a Federico García Lorca coinciden, sin excepción, en su fascinante personalidad. “En el teatro y en el silencio, en la multitud y en el decoro, era un multiplicador de la hermosura – diría Pablo Neruda -. Nunca vi un tipo con tanta magia en las manos, nunca tuve un hermano más alegre. Reía, cantaba, musicaba, saltaba, inventaba, chisporroteaba.”

Sin embargo, esa alegría irresistible y su habitual histrionismo nunca ocultan la otra cara de sombras en que vivió. Él mismo afirmaba que ” la luz del poeta es la contradicción” y que todo artista debía escuchar “tres fuertes voces: La voz de la muerte, con todos sus presagios; la voz del amor y la voz del arte”.

Vicente Aleixandre evocará al “noble Federico de la tristeza, al hombre de soledad y de pasión que en medio del vértigo de su vida de triunfo dificilmente podía adivinarse. Su corazón no era ciertamente alegre. Era capaz de toda la alegría del Universo; pero su sima profunda, como la de todo gran poeta, no era la de la alegría”.

Esa otra cara debe considerarse como la consecuencia, no sólo como suele afirmarse, de una presunta frustración erótica, fruto de su homosexualidad, sino también de sus angustias y terrores ante los enigmas del mundo y de la vida. Su religiosidad heterodoxa, aunque pueda encontrarse en ella alguna veta de cristianismo, tampoco constituyó una ayuda para encontrar respuesta a muchos de sus inetrrogantes.

FEDERICO DE LA PENA NEGRA

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne,
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.
Soledad, ¿por quién preguntas
sin compaña y a estas horas?
Pregunte por quien pregunte,
dime: ¿a ti qué se te importa?
Vengo a buscar lo que busco,
mi alegría y mi persona.
Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca,
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.
No me recuerdes el mar,
que la pena negra, brota
en las tierras de aceituna
bajo el rumor de las hojas.
¡Soledad, qué pena tienes!
¡Qué pena tan lastimosa!
Lloras zumo de limón
agrio de espera y de boca.
¡Qué pena tan grande! Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el suelo,
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena! Me estoy poniendo
de azabache carne y ropa.
¡Ay, mis camisas de hilo!
¡Ay, mis muslos de amapola!
Soledad: lava tu cuerpo
con agua de las alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.

          *

Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza,
la nueva luz se corona.
¡Oh pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh pena de cauce oculto
y madrugada remota!

Soledad Montoya , la protagonista no experimenta la pena, sino que ella misma se identifica con la pena negra. Lorca precisó : “La pena de Soledad Montoya es la raíz del pueblo andaluz. No es angustia porque con pena se puede sonreír, ni es un dolor que ciega puesto que jamás produce llanto; es un ansia sin objeto, es un amor agudo a nada, con una seguridad de que la muerte (preocupación perenne de Andalucía) está respirando detrás de la puerta”. (Fuente: Arturo Ramoneda)

COMENTARIO DE TEXTO    por Rafael Roldán Sánchez

ANÁLISIS DEL TEXTO

COMENTARIO DE TEXTO   por José Carlos Aranda

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2 Respuestas a “Romance de la pena negra, Lorca (Comentario de texto)

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