La voz a ti debida, Pedro Salinas

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LA VOZ A TI DEBIDA

Versos 1266 a 1289

Los cielos son iguales. 
Azules, grises, negros, 
se repiten encima 
del naranjo o la piedra: 
nos acerca mirarlos. 
Las estrellas suprimen, 
de lejanas que son, 
las distancias del mundo. 
Si queremos juntarnos, 
nunca mires delante: 
todo lleno de abismos, 
de fechas y de leguas. 
Déjate bien flotar 
sobre el mar o la hierba, 
inmóvil, cara al cielo. 
Te sentirás hundir 
despacio, hacia lo alto, 
en la vida del aire. 
Y nos encontraremos 
sobre las diferencias 
invencibles, arenas, 
rocas, años, ya solos, 
nadadores celestes, 
náufragos de los cielos.

 

“Romance de la guardia civil española”, Federico García Lorca

 

Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y de cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
Con el alma de charol
vienen por la carretera.
Jorobados y nocturnos,
por donde animan ordenan
silencios de goma oscura
y miedos de fina arena.
Pasan, si quieren pasar,
y ocultan en la cabeza
una vaga astronomía
de pistolas inconcretas.

 

¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas, banderas.
La luna y la calabaza
con las guindas en conserva.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Ciudad de dolor y almizcle,
con las torres de canela.

Cuando llegaba la noche,
noche que noche nochera,
los gitanos en sus fraguas
forjaban soles y flechas.
Un caballo malherido
llamaba a todas las puertas.
Gallos de vidrio cantaban
por Jerez de la Frontera.
El viento vuelve desnudo
la esquina de la sorpresa,
en la noche platinoche,
noche que noche nochera.

La virgen y San José
perdieron sus castañuelas,
y buscan a los gitanos
para ver si las encuentran.
La virgen viene vestida
con un traje de alcaldesa,
de papel de chocolate
con los collares de almendras.
San José mueve los brazos
bajo una capa de seda.
Detrás va Pedro Domecq
con tres sultanes de Persia.
La media luna soñaba
un éxtasis de cigüeña.
Estandartes y faroles
invaden las azoteas.
Por los espejos sollozan
bailarinas sin caderas.
Agua y sombra, sombra y agua
por Jerez de la Frontera.

 

guardia civil

¡Oh, ciudad de los gitanos!
En las esquinas, banderas.
Apaga tus verdes luces
que viene la benemérita.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Dejadla lejos del mar,
sin peines para sus crenchas.

Avanzan de dos en fondo
a la ciudad de la fiesta.
Un rumor de siemprevivas
invade las cartucheras.
Avanzan de dos en fondo.
Doble nocturno de tela.
El cielo se les antoja
una vitrina de espuelas.

La ciudad, libre de miedo,
multiplicaba sus puertas.
Cuarenta guardias civiles
entran a saco por ellas.
Los relojes se pararon,
y el coñac de las botellas
se disfrazó de noviembre
para no infundir sospechas.

Un vuelo de gritos largos
se levantó en las veletas.
Los sables cortan las brisas
que los cascos atropellan.
Por las calles de penumbra
huyen las gitanas viejas
con los caballos dormidos
y las orzas de monedas.
Por las calles empinadas
suben las capas siniestras,
dejando detrás fugaces
remolinos de tijeras.

 

En el portal de Belén
los gitanos se congregan.
San José, lleno de heridas,
amortaja a una doncella.
Tercos fusiles agudos
por toda la noche suenan.
La Virgen cura a los niños
con salivilla de estrella.
Pero la Guardia Civil
avanza sembrando hogueras,
donde joven y desnuda
la imaginación se quema.
Rosa la de los Camborios
gime sentada en su puerta
con sus dos pechos cortados
puestos en una bandeja.
Y otras muchachas corrían
perseguidas por sus trenzas,
en  un aire donde estallan
rosas de pólvora negra.
Cuando todos los tejados
eran surcos en la tierra.
el alba meció sus hombros
en largo perfil de piedra.

¡Oh, ciudad de los gitanos!
La Guardia Civil se aleja
por un túnel de silencio
mientras las llamas te cercan.

¡Oh, ciudad de los gitanos!
¿Quien te vio y no te recuerda?
Que te busquen en mi frente.
Juego de luna y arena.

 

“Oficina y denuncia”, Federico García Lorca

5d1c93c671fd6f9529923042ce528e2dAlexander Sigov

A Fernando Vega

Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato;
debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero;
debajo de las sumas, un río de sangre tierna.                       
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas. Lo sé.                                                 
Y los anteojos para la sabiduría.
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
He venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.                                        
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,                                                               
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.

Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros en las alucinantes cacerías,                
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.                                         
Los patos y las palomas
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones,
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas                       
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.

Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible                                                               
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.                                      
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, orinando, volando en su pureza
como los niños de las porterías
que llevan frágiles palitos                                                      
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte. Es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles           
en la patita de ese gato quebrada por un automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
Óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina.         
¿Qué voy a hacer? ¿Ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?
No, no; yo denuncio.
Yo denuncio la conjura                                                          
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle                                            
donde el Hudson se emborracha con aceite.

“Vuelta de paseo”, POETA EN NUEVA YORK

new york - copia

Asesinado por el cielo.
Entre las formas que van hacia la sierpe
y las formas que buscan el cristal,
dejaré crecer mis cabellos.

Con el árbol de muñones que no canta
y el niño con el blanco rostro de huevo.

Con los animalitos de cabeza rota
y el agua harapienta de los pies secos.

Con todo lo que tiene cansancio sordomudo
y mariposa ahogada en el tintero.

Tropezando con mi rostro distinto cada día.
¡Asesinado por el cielo!

 M.C. Millán : […] El amargo contenido [de Poeta en Nueva York] no depende esencialmente de la estancia del poeta en la gran ciudad, sino del conflicto amoroso que se debate en sus páginas. De ahí, que su primer poema sea “Vuelta de paseo” ya que lejos de expresar la angustia del poeta recién llegado a la metrópolis (como podría desprenderse de la “estructura externa” de la obra) sintetiza el estado anímico del protagonista, “asesinado por el cielo”. Este poema sirve de pórtico al libro por recoger el estado de ánimo del protagonista poético, que se encuentra “Asesinado por el cielo”. Escrito fuera de Nueva York, en Bushnellsville, donde el poeta fue a pasar sus vacaciones con Ángel del Río, describe la situación del protagonista que se siente afín con todo lo mutilado de la naturaleza. Con todo lo que, como él, tiene cansancio de vivir, “cansancio sordomudo” “Tropezando con mi rostro distinto de cada día”. Su cronología real (6 de septiembre) no coincide con el lugar que ocupa en el poemario, donde aparece en primer puesto. Probablemente el autor le otorgó esta localización por describir de modo esquemático el sentir del protagonista, y porque su título se podía prestar a una interpretación más unívoca, de acuerdo con la estructura externa de la obra. El poeta que volvía “de paseo” por la ciudad neoyorquina (ejercicio que practicaba a menudo, según Ángel del Río). Sin embargo, no es este su auténtico contenido, ya que el dolor del protagonista no está expresado en este entorno, sino en las montañas de Castkills, donde también fueron escritos “Nocturno de hueco” y “Ruina”. En “Vuelta de paseo” el poeta sintetiza igualmente las dos tendencias que se debaten en la obra, expresadas por las dos voces poéticas antes citadas, la “angustiada” y la voz “libertada”. Se ve así mismo “entre las formas que van hacia la sierpe” (es decir, hacia el instinto amoroso de su sentimiento, cuya no realización aparece en la voz angustiada) y entre “las formas que buscan el cristal” (aquellas que buscan la salida de esa situación, contenida en su “voz libertada”). Por reunir estas características, el autor le concedió esta situación preferente, que marca las directrices fundamentales del libro.

V. García de la Concha: […] Frente a la ciudad y sus habitantes, con su doble impulso […] hacia lo bajo subterráneo, infernal (v.2) y hacia lo alto y puro (v.3), el yo lírico desengañado decide tomar una postura de protesta anticonvencional (v.4). Los vv. 5-10 detallan los diferentes registros de la naturaleza con los que quiere compartir una existencia disminuida (cada verso ofrece una forma nominal, verbal o morfo-sintáctico de ausencia, negatividad, desvalorización física o psíquica…): árboles mutilados sin pájaros (v.5), niños enfermizos (v.6), insectos aplastados (v.7), agua desnaturada (v.8), seres socialmente incomunicados y cansados de la vida (v.9), la simbólica mariposa de la fantasía y de la imaginación asesinada por la burocracia (v.10). La enajenación cotidiana (v.11) lleva a una reiteración del verso inicial acusador bajo forma dramática y elegíaca. 

 

ANÁLISIS DEL POEMA AQUÍ

INTRODUCCIÓN  A POETA EN NUEVA YORK DE ANDREW A. ANDERSON

La “dama negra” de Shakespeare

 

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Apenas has gozado lo desprecias;
Primero, a la razón se lo prefiere
Y más que la razón es luego odiado,
Señuelo que arrastra a la locura.
Es locura el asedio y la conquista,
Los trabajos del antes y el durante,
Es júbilo deseado y triunfo amargo,
Alegría primero, después sueño.

Y sabiéndolo todos nadie sabe
Sortear el cielo que nos da ese infierno.

 

El historiador británico Aubrey Burl asegura haber resuelto uno de los grandes enigmas en torno a la figura de William Shakespeare: la identidad de la Dama Negra, que inspiró algunos de sus más célebres sonetos. Según Burl, miembro de la Sociedad de Anticuarios, la misteriosa dama sería Aline Florio, la esposa de un traductor italiano de la época, ha publicado el diario británico The Times.

Asegura el historiador, que durante años ha investigado la obra de Shakespeare, así como biografías y otros documentos, que creó una lista previa de mujeres que podían ser la dama negra: un ama, una cortesana, alguna bella espectadora de sus obras o la mujer de un fabricante de pelucas. Pero después centró su investigación basándose en pistas sugeridas en los propios textos de Shakespeare que le llevaron a pensar que esa dama estaba «casada, le gustaba la música, tenía hijos, era infiel, le gustaba el sexo y era egocéntrica y egoísta».

Esta «joya», dice Burl, tenía nombre: «la esposa de Florio, de soltera Aline Daniel, que probablemente conoció a Shakespeare en Titchfield, la casa del conde de Southampton. Volvieron a encontrarse en Londres en la casa de Florio en Shoe Lane, cerca de River Fleet». Añade el historiador que traicionaba al tiempo a su marido, a Shakespeare y al propio conde de Southampon. «Era una mujer pagada de sí misma, que amaba para su propia satisfacción y hería y perjudicaba al igual a poetas y condes».

Shakespeare dedicó sus sonetos 127 a 154 a la que se conoce como la dama negra (o dama oscura), y en ellos el dramaturgo habla de una amante bella y misteriosa con el cabello oscuro y ojos negros como cuervos.

ABC CULTURA Día 09/01/2013