La descripción: actividades interactivas

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Estamos trabajando en clase los textos descriptivos, pero puede que os interesa profundizar en algunas cuestiones. En cada tema que estudiemos en clase habrá también unas actividades de refuerzo y profundización que funcionarán como apoyo y como enriquecimiento curricular. Seleccionaré para vosotros una serie de actividades interactivas que os puedan resultar útiles. Empezaremos con algunas actividades sobre la descripción:

    • Tierra radiactiva: una actividad interactiva a través de un LIM (Libro Interactivo Multidisciplinar)  [www.eltinglado.com]. Haced clic en la imagen: está muy bien.

    Captura

  • Teoría y actividades sobre la descripción. [Elaboradas por M. Santo para el Ministerio de Educación]
  • La descripción de personas [Elaborada por http://www.materialesdelengua.com] Se trata de una página muy completa en la que podéis encontrar actividades interactivas además de  información teórica sobre la descripción:
    • La descripción (base teórica)
    • Tipos de descripción
    • Recurso lingüísticos y literarios de la descripción
    • Adjetivos para la descripción de personajes.
    • El retrato robot
    • El autorretrato pictórico
    • El…

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Comprensión lectora: “Los beneficios de leer en voz alta”

lecturaHoy en día casi nadie pone en duda que la lectura es la llave que da acceso al conocimiento, que es el canal por el que nos llega más información. Sin embargo, la mayoría de las veces se lee de manera silenciosa y no practicamos la lectura en voz alta. Generalmente, esto sucede porque no somos conscientes de lo beneficiosa que puede llegar a ser la lectura en voz alta.

La lectura, ya sea silenciosa o en voz alta, contribuye al desarrollo general de la persona (cognitivo, afectivo, social, emocional y personal), sin embargo, ha sido a través de la lectura en voz alta donde se han encontrado diferencias significativas en la activación de la corteza cerebral, en ambos hemisferios cerebrales. Además, a nivel anatómico existe más materia gris y más neuronas en cerebros de personas lectoras.

La lectura en voz alta aporta unos beneficios diferentes en función de la edad a la que se realice:

  • Las madres embarazadas leen cuentos en voz alta a sus bebés mientras están en su interior porque mejora el vínculo afectivo y desarrollan en el niño el sentido auditivo haciendo que reconozcan la voz de su madre.
  • Por otro lado, una vez que los niños nacen, se aconseja que padres y/o tutores les lean en voz alta a bebés hasta que el niño esté dispuesto a escuchar, ya que se han encontrado mejoras significativas en los resultados obtenidos en Educación Primaria en niños a los que le leían en voz alta durante 15 minutos todos los días.

En esta interacción entran en juego dos elementos (adulto y niño) y podemos diferenciar entre los beneficios para ambos, los beneficios del adulto que lee y los beneficios del niño que escucha. A continuación, se enumeran dichos beneficios en la siguiente tabla:

Beneficios tanto para el adulto que  lee como para el niño que escucha Beneficios para el que lee en voz alta Beneficios para el niño que escucha
Estimula la imaginación y la creatividad Mejora la fluidez  y comprensión lectora Contribuye a su desarrollo emocional
Potencia la atención y concentración Mejora su ortografía Fomenta la escucha activa
Mejora el desarrollo de todas las capacidades lingüísticas: expresión, comprensión, vocabulario, sintaxis, gramática, pronunciación, entonación, signos de puntuación… Preparación de las capacidades de aprendizaje Ayuda a entender el acto de comunicación y empezar a formar la capacidad de comunicarse
Estrecha vínculos afectivos    
Fomenta el gusto por la lectura y la convierte en un acto social    
Hace ganar autoconfianza, mejora el autoconcepto y elimina frustraciones/miedos    
Les enseña a alcanzar y superar retos    
Ayuda a forjar la personalidad

 

   
  • Llega un momento en el que el niño se hace autónomo en la lectura y es él que lee en voz alta de manera individual o grupal. En este momento se refuerzan los beneficios enumerados en las dos primeras columnas de la tabla anterior.
  • La lectura nos acompaña toda la vida, por ello se recomienda practicar lectura en voz alta cuando somos adultos. Los beneficios añadidos de leer en voz alta a estas edades, además de los señalados en la tabla anterior, son: que leer predice éxito profesional; que leer en voz alta antes de dormir relaja; y, por último, que leer un texto que hemos escrito en voz alta nos ayuda a autocorregirlo ya que es más fácil detectar los fallos cuando lo leemos en voz alta.
  • Cuando llegamos a edades avanzadas la lectura en voz alta actúa como ejercicio mental, muy recomendable, que previene el desarrollo de enfermedades neurodegenerativas, como el Alzheimer, o consigue ralentizar el avance de la misma.

Por otro lado, si la lectura en voz alta se hace en otro idioma, se haga a la edad que se haga, posee un beneficio añadido que es “hacer el oído” a nuevos sonidos, aprender un nuevo idioma y pronunciarlo correctamente.

Fuente: “Los beneficios de leer en vos alta” por Verónica García Ortega.

 

Comprensión lectora

1.- ¿Por qué cree la autora del texto que la mayoría de las veces se lee de manera silenciosa y no practicamos la lectura en voz alta?

2.- La lectura, ya sea silenciosa o en voz alta, contribuye al desarrollo general de la persona, pero ¿cuál de las dos activa más la corteza cerebral en ambos hemisferios?

3.- ¿Por qué las madres embarazadas leen cuentos en voz alta a sus bebés?

4.- ¿Qué se ha observado  en niños a los que les leían en voz alta durante 15 minutos todos los días?

5.- Lee con detenimiento la tabla donde se enumeran los beneficios de la lectura en voz alta.

De los “Beneficios tanto para el adulto que  lee como para el niño que escucha”, ¿cuál crees que es más útil para ti? Razona tu respuesta y escríbela de manera completa.

(Por ejemplo, si te cuesta concentrarte en el trabajo, deberías explicar que la lectura en voz alta “potencia la atención y la concentración” y que, por tanto, es muy útil para ti en ese aspecto)

6.- Cuando los niños leen de forma autónoma y ya no son los adultos quienes les leen ¿aumentan o disminuyen los beneficios de la lectura en voz alta?

7.- ¿ Por qué es útil leer en voz alta un texto que hemos escrito?

8.- Por qué es muy recomendable leer en voz alta a edades muy avanzadas?

9.- ¿Qué pasa si la lectura en voz alta se hace en otro idioma?

10.- ¿Qué has aprendido de la lectura del artículo de Verónica García?

 

“Mai” Ánchel Conte

Mai, mira-me as mans,                  
las trayo buedas,
lasas d’amar…
Son dos alas
d’un biello pardal
que no puede
sisquiera bolar.

Mai, mira-me os güellos,
n’o zielo perdius
n’un fondo silenzio…
Son dos purnas
chitadas d’o fuego
que no alumbran
ni matan o chelo.

Mai, mira-me l’alma
aflamada de sete,
enxuta d’asperanza…
Ye un campo labrau
an no i crexen que allagas
que punchan a bida
dica que la matan.

Mai, mira-me á yo.
¿Me reconoxes, mai?
Fue o tuyo ninón…
Güei só un ombre
que no sé como só.
Mai, ¿me reconoxes?
¡¡MAI, ¿ni sisquiera tú?!!   

Madre, mírame las manos,
las traigo vacías,
faltas de amar…
Son dos alas
de un viejo gorrión
que no puede
ni siquiera volar.

Madre, mírame los ojos,
en el cielo perdidos
en un hondo silencio…
Son dos chispas
arrojadas del fuego
que no alumbran
ni matan el hielo.

Madre, mírame el alma
agostada de sed,
seca de esperanza…
Es un campo labrado
donde sólo crecen aliagas
que pinchan la vida
hasta matarla.

Madre, mírame a mí.
¿Me reconoces madre?
Fui tu niño…
Hoy soy un hombre
que no sé como soy.
Madre, ¿me reconoces?
¡¡MADRE, ¿ni siquiera tú?!!

¿Fue un sueño? Guy de Maupassant

¡La había amado locamente!
¿Por qué se ama? ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios… un nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite una y otra vez, que se susurra incesantemente, en todas partes, como una plegaria.

Voy a contaros nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que es siempre la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan absolutamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.
Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche llegó a casa muy mojada, porque estaba lloviendo intensamente, y al día siguiente tosía, y tosió durante una semana, y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron, escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas, y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo! Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo: “¡Ah!” ¡y yo comprendí!¡Y yo comprendí!
Me consultaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí recuerdo el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío!¡Dios mío!
¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas… mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.

Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación – nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte -, me invadió tal oleada de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien, y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.
Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces… tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal – en aquel liso, enorme, vacío cristal – que la había contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!
Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esta breve inscripción:
“Amó, fue amada, y murió.”

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¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que estaba oscureciendo, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagabundear por aquella ciudad de la muerte. Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la ciudad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.
¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!
Al final del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.
Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, agarrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.
Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente, lentamente, silenciosamente, hacia aquel terreno lleno de muertos. Anduve de un lado para otro, pero no conseguí encontrar de nuevo la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Toqué las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!
No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo Tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.
Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente como se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:
“Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.”

El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A continuación con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:
“Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo, y murió en pecado mortal.”
Cuando hubo terminado de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos.
Pensé que también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:
Amó, fue amada, y murió.
ahora leí:
“Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, pilló una pulmonía y murió.”
Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.

Cuando paso por tu puerta, Miguel Hernández

Cuando paso por tu puerta,
la tarde que viene a herir
con su hermosura desierta
que no acaba de morir.

 

Tu puerta no tiene casa
ni calle: tiene un camino,
por donde la tarde pasa
como un agua sin destino.

 

Tu puerta tiene una llave
que para todos rechina.
En la tarde hermosa y grave,
ni una sola golondrina.

 

Hierbas en tu puerta crecen
de ser tan poco pisada.
Todas las cosas padecen
sobre la tarde abrasada.

 

La piel de tu puerta, ¿encierra
un lecho que compartir?
La tarde no encuentra tierra
donde ponerse a morir.

 

Lleno de un siglo de ocasos
de una tarde azul de abierta,
hundo en tu puerta mis pasos
y no sales a tu puerta.

 

En tu puerta no hay ventana
por donde poderte hablar.
Tarde, hermosura lejana
que nunca pude lograr.

 

Y la tarde azul corona
tu puerta gris de vacía.
Y la noche se amontona
sin esperanzas de día.