El mito de Némesis, diosa de la justicia retributiva

Némesis-Melani Delon

                               Nemesis, por Mélanie Delon

Némesis es a la vez una divinidad y una abstracción. Como divinidad se le atribuye un mito: amada por Zeus, Némesis, que es una de las hijas de Nix (la Noche), trata de rehuir los abrazos del dios. Para ello, adopta mil formas distintas y acaba metamorfoseándose en oca. Pero Zeus se transforma en cisne y se une a ella. Némesis puso un huevo, que unos pastores recogieron, dándolo a Leda. De este huevo nacieron Helena y los Dioscuros. Esta leyenda guarda relación con el valor simbólico de Némesis: Némesis personifica, en efecto, la “venganza divina”. Es la encargada de suprimir toda “desmesura”, como, por ejemplo, el exceso de felicidad en los mortales, el orgullos de los reyes, etc. Sus sanciones tienen usualmente la intención de dejar claro a los mortales que, debido a su condición humana, no pueden ser excesivamente afortunados ni deben trastocar con sus actos el orden del universo.

Es ésta una concepción fundamental del espíritu helénico: todo cuanto sobresale de su condición, tanto en bien como en mal, se expone a la represalia de los dioses ya que tiende a poner en peligro el equilibrio universal; por eso debe castigarse si se quiere que el mundo siga tal como es.

Recibía los votos y juramentos secretos de amor y vengaba a los amantes infelices o desgraciados por el perjurio o la infidelidad de su amante. Se la representa con una corona y a veces con un velo que le cubre la cabeza; suele llevar una rama de manzano en una mano y una rueda en la otra. La cabeza de Némesis se ve coronada en los monumentos griegos y algunas veces sale de ella un asta de ciervo para indicar la prontitud con que da a cada uno lo que le corresponde. Los etruscos le ponían una diadema de piedras preciosas. La flor del narciso adornaba también su corona como símbolo del joven orgulloso enamorado de su propia hermosura. Solían representarla los artistas de la antigüedad con alas para expresar la prontitud con que atendía todas sus funciones y armada de antorchas, espadas y serpientes como instrumentos de su venganza.

(Fuente: Diccionario de Mitología Grimal)

El mito de Dédalo e Ícaro

                               Dédalo coloca las alas a Ícaro, Mathias Stomer

Dédalo es el prototipo del artista universal, a la vez arquitecto, escultor e inventor de recursos mecánicos. Dédalo trabajaba en Atenas, donde tenía por discípulo a su sobrino Talo, hijo de su hermana Pérdix. Talo se mostró sumamente hábil, hasta el punto de llegar a despertar los celos de Dédalo; y el día en que el muchacho, inspirándose  en la mandíbula de una serpiente, inventó la sierra, el maestro lo precipitó desde lo alto de la Acrópolis. Pero el crimen fue descubierto y Dédalo fue condenado.

Desterrado, el artista huyó a Creta, junto al rey Minos, llegando a ser su arquitecto y escultor habitual. Para él construyó el Laberinto, palacio de complicados corredores donde el rey encerró al Minotauro. Después cuando Ariadna quiso salvar a Teseo, que había venido a combatir con el monstruo, la doncella pidió a Dédalo la manera de ayudarle. Éste le inspiró la astucia que salvó al héroe al aconsejarle que le diese un ovillo de hilo que había de permitirle, desenrrollándolo a medida que avanzase, volver luego sobre sus pasos. Minos,  al conocer el éxito de Teseo y el ardid de que se había valido, encarceló en el Laberinto a su cómplice Dédalo, junto con su hijo Ícaro. Pero Dédalo se fabricó unas alas para sí y otras para su hijo, las pegó con cera y los dos huyeron volando.

Antes de partir, Dédalo había recomendado a Ícaro que no se remontase con exceso ni volase demasiado bajo. Pero Ícaro, lleno de orgullo, no atendió los consejos de su padre; se elevó por los aires, y se acercó tanto al Sol que la cera se derritió y fue precipitado al mar. Este mar, desde entonces, se llamó mar de Icaria.

El mito de Leandro y Hero

Leandro y Hero eran dos amantes que vivían a ambos lados del estrecho del Helesponto: Leandro en Abidos y Hero en Sestos. Leandro conoció a Hero en el pueblo natal de ella durante una festividad en honor a Afrodita, diosa de la que era sacerdotisa Hero.  Tras conocerla solía cruzar el estrecho a nado guiado por una lámpara que ella encendía en un su torre junto a la costa. Pero una noche decidió cruzar el estrecho a pesar de la fuerte tormenta. Mientras nadaba el viento apagó la lámpara de su amada, él perdió la orientación y la fuerte ventisca lo envolvió y lo mató. Cuando a la mañana siguiente, ella vio llegar el cadáver de su amado a la orilla, se arrojo desde la torre para unirse con él en muerte.

El mito de Filomena

Según la mitología griega, Filomena era la hija del rey de Atenas, Pandión, y tenía una hermana conocida como Procne. El marido de Procne era el héroe Tereo de Tracia, quien la había desposado tras haber salvado a Atenas de los    bárbaros. Esta unión estuvo maldita desde sus inicios, y aunque tuvieron un hijo llamado Itis y vivían en paz, Procne sentía nostalgia de su hermana Filomela. Así que convenció a Tereo para que le permitiese verla de nuevo. Este accedió pero con la condición de que el encuentro se llevara a cabo en Tracia. Así Tereo marchó a Atenas y, tras convencer al rey para que dejara partir a    Filomela hacia Tracia, la llevó consigo. Pero la juventud y la hermosura de Filomela ya habían desatado la pasión de Tereo nada más verla. Cuando llegaron a Tracia la violó, sin hacer caso de sus desesperadas súplicas. Además, para que Procne nunca se enterara de su reprobable acción, le cortó la lengua y la encerró en una solitaria prisión en el bosque. Luego dijo a Procne que su hermana    había muerto. Víctima de la tristeza y el abandono, Filomela decidió emprender su plan para vengarse de Tereo. En su solitaria prisión tejía sobre un lienzo blanco y con hilo purpura la triste  historia de su vida. Cuando acabó hizo llegar su obra a su hermana, la reina. Así fue como Procne se enteró de que su esposo la había engañado, pues su hermana todavía vivía. Deseosa de venganza,  Procne se dirigió a la prisión de Filomela aprovechando el tumulto de las fiestas dedicadas a Baco. Con atuendo de bacante rescató a Filomela y la llevó a palacio, donde tuvo lugar el triste    reencuentro. Pero pronto a las lágrimas siguió la venganza, que Procne quiso más cruel aún que el crimen de su esposo. Viendo, pues, el parecido de su hijo Itis con el culpable de su desgracia,    Procne le dio muerte. Entre ambas hermanas despedazaron el cadáver y lo cocinaron para Tereo. Él comió sin advertir nada, hasta que, cuando hubo terminado, reclamó la presencia de su hijo. Fue entonces cuando Procne exclamó satisfecha “tienes dentro a quien reclamas”; y Filomela irrumpió con la cabeza del desdichado Itis. Enfurecido, Tereo inició la persecución de las asesinas, pero    los dioses acabaron con la cadena de actos crueles transformando a los tres en aves: a Filomela en ruiseñor, a Procne en golondrina, y a Tereo en la abubilla, semejante a un guerrero con penacho y agudo pico. 

(Del Blog olympia)

El mito de Píramo y Tisbe

(Adaptado de OVIDIO, Metamorfosis, 4,55-166)

Era Píramo el joven más apuesto y Tisbe la más bella de las chicas de Oriente. Vivían en la antigua Babilonia, en casas contiguas. Su proximidad les hizo conocerse y empezar a quererse. Con el tiempo creció el amor.

Hubieran acabado casándose, pero se opusieron los padres. Aunque no les dejaban verse, lograban comunicarse de alguna forma; no pudieron los padres impedir que cada vez estuvieran más enamorados: el fuego tapado hace mejor rescoldo.

La pared medianera de las dos casas tenía una pequeña grieta casi imperceptible, pero ellos la descubrieron y la hicieron conducto de su voz. A través de ella pasaban sus palabras de ternura, a veces también su desesperación: no podían verse ni tocarse. A la noche se despedían besando cada uno su lado de la pared.

Pero un día toman una decisión. Acuerdan escaparse por la noche, burlando la vigilancia, y reunirse fuera de la ciudad. Se encontrarían junto al monumento de Nino, al amparo de un moral que allí había, al lado de una fuente.

Ese día se les hizo eterno. Al fin llega la noche. Tisbe, embozada, logra salir de casa sin que se den cuenta y llega la primera al lugar de la cita: el amor la hacía audaz.

En esto se acerca a beber a la fuente una leona, con sus fauces aún ensangrentadas de una presa reciente. Al percibirla de lejos a la luz de la luna, Tisbe escapa asustada y se refugia en el fondo de una cueva. En su huida se le cayó el velo con que cubría su cabeza. Cuando la leona hubo aplacado su sed en la fuente, encontró el velo y lo destrozó con sus garras y sus dientes.

Algo más tarde llegó por fin Píramo. Distinguió en el suelo las huellas de la leona y su corazón se encogió; pero cuando vio el velo de Tisbe ensangrentado y destrozado, ya no pudo reprimirse: “Una misma noche – dijo – acabará con los dos enamorados. Ella era, con mucho, más digna de vivir; yo he sido el culpable. Yo te he matado, infeliz; yo, que te hice venir a un lugar peligroso y no llegué el primero. ¡Destrozadme a mí, leones, que habitáis estos parajes! Pero es de cobardes limitarse a decir que se desea la muerte”.

Levanta del suelo los restos del velo de Tisbe y acude con él a la sombra del árbol de la cita. Riega el velo con sus lágrimas, lo cubre de besos y dice: “Recibe también la bebida de mi sangre”. El puñal que llevaba al cinto se lo hundió en las entrañas y se lo arrancó de la herida mientras caía tendido boca arriba. Su sangre salpicó hacia lo alto y manchó de oscuro la blancura de las moras. Las raíces de la morera, absorbiendo la sangre derramada por Píramo, acabaron de teñir el color de sus frutos.

Aún no repuesta del susto, vuelve la joven al lugar de la cita, deseando encontrarse con su amado y contarle los detalles de su aventura. Reconoce el lugar, pero la hace dudar el color de los frutos del árbol. Al distinguir un cuerpo palpitante en el suelo ensangrentado, un estremecimiento de horror recorrió todo su cuerpo. Cuando reconoció que era Píramo, se da golpes, se tira de los pelos y se abraza al cuerpo de su amado, mezclando sus lágrimas con la sangre. Al besar su rostro, ya frío, gritaba: “Píramo, ¿qué desgracia te aparta de mí? Responde, Píramo, escúchame y reacciona, te llama tu querida Tisbe”. Al nombre de Tisbe, entreabrió Píramo sus ojos moribundos, que se volvieron a cerrar.

Cuando ella reconoció su velo destrozado y vio vacía la vaina del puñal, exclamó: “Infeliz, te han matado tu propia mano y tu amor. Al menos para esto tengo yo también manos y amor suficientes: te seguiré en tu final. Cuando se hable de nosotros, se dirá que de tu muerte he sido yo la causa y la compañera. De ti sólo la muerte podía separarme, pero ni la muerte podrá separarme de ti. En nombre de los dos una sola cosa os pido , padre mío y padre de este infortunado, que a los que compartieron su amor y su última hora no les pongáis reparos a que descansen en una misma tumba. Y tú, árbol que acoges el cadáver de uno y pronto el de los dos, conserva para siempre el color oscuro de tus frutos en recuerdo y luto de la sangre de ambos”. Dijo y, colocando bajo su pecho la punta del arma, que aún estaba templada por la sangre de su amado, se arrojó sobre ella.

Sus plegarias conmovieron a los dioses y conmovieron a sus padres, pues las moras desde entonces son de color oscuro cuando maduran y los restos de ambos descansan en una misma urna.(Fuente MEC)

El mito de Medusa y Perseo

benjamin-lacombe-blanche-neige-2

Esteno, Euriale y Medusa, eran unos monstruos terroríficos; poseían alas, unos dientes poderosos y en la cabeza serpientes en lugar de cabellos. Su mirada era tan terrible y espantosa que aquel que las contemplaba quedaba inmediatamente petrificado. Excepto Medusa, las otras dos eran inmortales y vivían en el límite más lejano del mundo, alejadas de todo, en los insondables abismos de la noche y de la muerte. Por este motivo, Polidectes estaba convencido de que Perseo no sobreviviría jamás a su misión. Pero Perseo, hijo de Zeus, era muy amado y muy valioso para los dioses. El joven  de corazón valiente, emprendió el largo viaje para enfrentarse a las aventuras que le esperaban. Llegó al lugar donde moraban las hermanas de las Gorgonas, que habían nacido como mujeres muy ancianas; eran las guardianas de las Gorgonas y sólo ellas conocían el camino que conducía hasta ellas.

El valeroso joven les robó el diente y el ojo -las tres sólo poseían un único ojo que utilizaban alternativamente-, que sólo devolvió cuando le indicaron el camino que debía seguir. Pero el camino le conducía primero a las ninfas y éstas entregaron tres objetos a Perseo, con los que podría cumplir su misión: unos zapatos con alas, con los que podía volar por los aires, una bolsa mágica para la cabeza de la Gorgona, y un yelmo que lo haría invisible.

LA LUCHA CONTRA LAS GORGONAS: Tan pronto se lo colocaba, era invisible para todos. La diosa Atenea le entregó además un espejo metálico intensamente brillante. Perseo se sujetó los zapatos alados y dejó que el viento lo transportase hasta el fin del mundo, allí donde habitaban los monstruos con las serpientes en la cabeza. Las montañas eran allí altísimas, tanto que parecían acariciar el cielo, y Perseo divisó unas figuras petrificadas que permanecían inmóviles en medio de aquel paraje: un león que huía, que parecía mirar al vacío con sus fauces abiertas, una persona ésta también en plena huida, también convertida en piedra.

A la izquierda y derecha del camino había animales, personas jóvenes y adultas, niños, como cincelados por un escultor que pretendiese representar el pavor. Todos ellos habían sido las inocentes víctimas de las Gorgonas; con sólo mirarlas habían quedado petrificadas. Perseo se aproximó cautelosamente, internándose más y más en las profundidades de una cueva; por precaución sujetó bien delante de su rostro el espejo que Atenea le habla entregado, porque sólo reflejada en el espejo podía mirar a Medusa si no deseaba, también él, verse convertido en piedra. Percibió desde lejos una voz ronca y luego los silbidos de los colúbridos; esperó hasta que llegase la noche y las Gorgonas se hubiesen dormido; luego, con suma cautela, se aproximó cada vez más a ellas hasta descubrir en el espejo la imagen de la Medusa. Desenvainó rápidamente su espada y con un  fuerte golpe le separó la cabeza del tronco la cabeza rodó por el suelo. Su rostro, convenido en una horrenda caricatura, miraba fijamente al vacío. Pero de la sangre que broto del tronco de la Gorgona surgió, envuelto en tempestuosas nubes, el caballo alado Pegaso. (Diccionario de mitología)

Ninfas de la mitología griega

Las Ninfas (en griego antiguo νύμφα) son “doncellas” que pueblan la campiña, el bosque y las aguas. Son los espíritus de los campos y la Naturaleza en general, cuya fecundidad y gracia personifican.

En la época homérica pasan por ser hijas de Zeus. Son consideradas como divinidades secundarias, a las cuales se dirigen plegarias y que pueden resultar temibles. Habitan en grutas donde pasan la vida hilando y cantando. Con frecuencias forman el séquito de una divinidad importante – en especial Artemis- o de una de las propias ninfas de más alto rango. Suelen ser representadas en obras de arte como hermosas doncellas, desnudas o semidesnudas, que aman cantar y bailar;  los poetas las describen a veces con cabellos del color del mar.  Aunque nunca mueren de viejas o por enfermedad, y pueden engendrar de los dioses hijos completamente inmortales, ellas mismas no son necesariamente inmortales, pudiendo morir de distintas formas.

Existen varias categorías de ninfas, que se distinguen por el lugar donde éstas habitan: las Náyades, que viven en las fuentes y las corrientes de agua, las Nereidas, consideradas a menudos como las ninfas del mar en calma. En las montañas viven unas ninfas llamadas Oréades, y en las forestas, otras que llevan el nombre de Alseides.

Otras se hayan vinculadas a un lugar especial, como un árbol determinado; es el caso de las Hamadríades.

Las ninfas desempeñan un importante papel en las leyendas. Divinidades familiares a la imaginación del pueblo, intervienen, como nuestras hadas, en muchas narraciones folklóricas. 

 Enlace a Wikipedia

(Fuente: Pierre Grimal)