Temas del romanticismo español

Los románticos españoles prefirieron para expresar su visión del mundo unos cuantos temas que coinciden básicamente en su fondo y su enfoque con los del romanticismo europeo.

A) La historia

La literatura romántica es en gran parte histórica. Y la época preferida fue la Edad Media. Hay una revalorización del romancero, y consecuentemente de la épica. El moro Expósito y los Romances históricos, del duque de Rivas, son buena prueba. Apasionó asimismo el tema de los templarios – El señor de Bembibre, de Gil y Carrasco – y al lado de todo ello, se revivió naturalmente el ambiente caballeresco con sus damas y trovadores, sus justas y sus torneos. Y no faltan los templos góticos, el fanatismo, las pruebas de Dios, la brujería.

Dentro de lo medieval reviste un carácter especial el mundo árabe. El orientalismo de los románticos europeos cobra en España un matiz patriótico, puesto que el oriente no sólo no le era ajeno, sino parte de su historia. No tiene,  pues, un sabor exótico, sino de algo propio.  Se captó el esplendor del califato cordobés, las intrigas decadentes del reino de Valencia – Los amantes de Teruel, de Hartzenbusch,  por ejemplo -, los últimos días trágicos de Granada – Granada, de Zorrilla.

B) Los sentimientos

Como en todas las épocas, estan presentes los grandes sentimientos del hombre ante unos cuantos valores básicos: el amor, la religión, la vida y la muerte.

      B.1) El amor fue uno de los valores clave para los románticos. No un amor sereno, sosegado, sometido al control de lo conveniente y racional, sino un amor desatado, furioso, ciego.

Dos formas suele revestir este sentimiento: la sentimental y la pasional, ambas idealistas. La  primera consiste en una actitud melancólica, de tristeza íntima, de ensueño irrealizable, cuyos ingredientes son el alma tímida del poeta, la mujer amada e imposible, el paisaje compañero. Esta actitud, que culmina en Gustavo Adolfo Becquer, aparece como ingrediente menor también en Espronceda y Zorrilla. Como se ve, es el campo preferido de la poesía.

 El amor pasión fue vivido ejemplarmente por Larra que, en distintos lugares de sus artículos, dejó algunos lúcidos análisis del mismo. Surge de repente y se plantea en términos de todo o nada. Rompe las fronteras de las convenciones sociales: los amantes saltan por encima de los padres, de los códigos morales, aún de Dios. Su fin, como observó un satírico, no es únicamente que acabe pronto,  sino que acabe mal (Don Álvaro, Los amantes de Teruel). Y si no acaba pronto o trágicamente da lugar al desengaño, a la desilusión o a la ironía romántica.

En relación con el amor surgen nuevos papeles para la mujer. Es ususal verla como “un ángel de amor”, inocente, hermosa, fuente de ilusiones para el corazón del hombre a quien lleva a cimas de felicidad y virtud: así canta Espronceda a Teresa inicialmente.  Encarna lo que los psicólogos como Jung han llamado “el anima”, esto es, el ideal femenino por el que sueña el varón. En el punto opuesto, puede ser también un demonio, perversa, criminal, vengativa, que arrastra a la muerte y la destrucción. Inés de Don Juan Tenorio y Zoraida de Los amantes de Teruel simbolizan las dos imágenes contrapuestas.

       B.2) La religión se les presenta a los románticos españoles bajo una doble perspectiva: como sentimiento y como institución.

Con los románticos aparece la rebeldía frente a Dios, ese ser que ha hecho al hombre tan desgraciado. La rebeldía trajo como consecuencia la reivindicación del diablo, de ese Mefistófeles de Fausto que nada sabe de la belleza del mundo, según le hace decir Goethe, sino sólo de los torturadores sufrimientos del hombre. El satanismo en España encontró un lugar importante en El diablo mundo de Espronceda; pero se le puede rastrear también en otros sitios: en Don Álvaro, el protagonista se suicida identificándose previamente con el demonio y en Don Juan Tenorio se reitera la idea de que éste es Satanás y posee poderes satánicos.

La religión como institución también atrajo la atención. Mirando al pasado se condena la Inquisición, las intrigas de las órdenes religiosas, el nefando dominio del clero.

       B.3 La vida para los románticos se presenta negativamente: no es un bien, sino un mal. El alma romántica es un alma atormentada, triste, moralmente enferma, en busca de un ideal inalcanzable, de un sueño que no se ha de realizar. La inadaptación y la soledad son sus compañeras. Espronceda lo dijo en “A Jarifa en una orgía”:

                                      Y encontré mi ilusión desvanecida

                                      y eterno e insaciable mi deseo:

                                      palpé la realidad y odié la vida.

                                      Sólo en la paz de los sepulcros creo.

El pesimismo envuelve todo. Si se mira la juventud, el tiempo la destruye. Si se sueña el amor, el desengaño lo carcome; si la riqueza o la fama, pronto se desvanecen. Si se alzan los ojos al más allá, la duda y el misterio desprenden un brillo ambiguo. Si se vuelven hacia la sociedad, la injusticia y el dolor ponen una nota amarga. Vivir, ¿para qué? Una angustiosa melancolía, una incontrolable desesperación, se insinúan en el corazón. “El mal del siglo” es su nombre, mal que ya Meléndez Valdés había designado más adecuadamente como “fastidio universal”, hastío, cansancio de existir.

La raíz de esta actitud ha de buscarse en el conflicto que filosóficamente Kant expresó admirablemente entre la Razón Pura y la Razón Práctica. Ahí se encuentra lo que mucho después Miguel de Unamuno llamó “sentimiento trágico de la vida”. De un lado, el yo, el mundo interior, sus sueños y creencias, sus anhelos de eternidad y absoluto; de otro, la realidad mezquina, la fría constatación de lo limitado, la implacable verdad de la futilidad del hombre. Los románticos, perdida la fe en Dios e incapaces ya de creer en la razón como los ilustrados, operan el el vacío, en lo que se ha llamado “inmenso vacío del silencio divino”.

Las consecuencias de esta actitud son importantes. El desprecio por la vida lleva en un gesto típicamente compensatorio a buscar aventuras, peligros, hazañas, acciones heroicas, donde se pueda perder. Perder la vida no importa, como subraya muy bien el pirata de la conocida “Canción” de Espronceda.  (Ver: http://nomesjoana.wordpress.com/2011/06/07/el-yo-romantico/)

En consecuencia, la muerte es la gran amiga de los románticos. Es la libertadora, la que trae la paz al alma atormentada: sobre la tumba romántica, el ciprés y la luna ponen siempre una nota de reposo, de encanto, de suprema serenidad. Por eso, incluso, se la busca deliberadamente, con el suicidio. Nunca fue este hecho tan discutido ni tan importante en la creación literaria y en la vida. Rousseau dedicó muchas páginas de Julia a hablar de ello. Werther se suicidó, Fausto quiso hacerlo. En España Don Álvaro en la literatura, Larra en la vida constituyen los dos casos más espectaculares del fenómeno.

                                                Henry Wallis,  La muerte de Chatterton, 1856

C) Conflictos sociales

La literatura romántica es una literatura muy comprometida. El artista se vuelve hacia la sociedad y toma postura ante sus problemas. Nunca el poeta, el escritor, han tenido tan aguda conciencia de su misión social. Profeta de los tiempos modernos, denuncia y amenaza.

Se proclama la libertad como eje de la vida pública y privada. En su nombre se ataca a los tiranos, a la opresión, a la censura. En su nombre se pide la libertad sentimental, convirtiendo al individuo en único árbitro de sus afectos y deseos. En su nombre se rompen las leyes y las trabas de la creación literaria, abogando por la expresión espontánea y auténtica.

Políticamente se convierte al pueblo en origen y depositario del poder. Desde él se critica el absolutismo monárquico.

Socialmente se elige el lado del individuo frente a la organización. Y, en consecuencia, se prefiere el yo a la colectividad y se admira a los tipos rebeldes, marginales, que encarnan una permanente protesta con su renuncia a integrarse: el bandolero, el pirata, el trovador, el mendigo.

Otro aspecto importante es el humanitarismo social, nacido también del respeto total al  individuo. Hay simpatía hacia el desgraciado, hacia el pobre, hacia la víctima. Se siente compasión por el deforme, por el tarado física o moralmente. Se clama contra la pena de muerte y el mal estado de las cárceles.

                                         Giovanni Battista Piranesi ,  Las cárceles, 1761

Finalmente, cobra una nueva dimensión la conciencia nacionalista que produce las reivindicaciones de Cataluña, Galicia y Vascongadas que se sienten como entidades específicas y reclaman la revalorización de su lengua y cultura.

Fuente (adaptado) Ricardo Navas Ruiz, El romanticismo español, Ed. Cátedra.

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